Anécdotas, vivencias, pensamientos, ideas, opiniones, locuras, reflexiones, conclusiones y demás (inpublicables en medios oficiales) de una periodista
sábado, 12 de julio de 2014
Promesa [aún] incumplida
Todavía
me arde la garganta cuando la recuerdo. Me duele el pecho y si me guardo el
llanto, la garganta duele más. Todavía no puedo mencionar su nombre y hablar de
ella por más de un minuto sin entristecerme. Sin sentir que pronto se me
cortará la voz. Supongo que esa tristeza es la de la ausencia, la de extrañar. Cuando
murió, prometí que escribiría algo lindo, un texto que cuente lo especial que
era, lo importante que fue en mi vida. Son casi diez meses sin María y, aunque
me duela escribir de ella, siento que es una forma más de recordarla. Quizás,
también, de sanar, lento, pero sanar.
martes, 24 de junio de 2014
Hackeada
O cómo la inseguridad informática te vuelve popular por un día
MUY URGENTE!
Espero que esto te llegue a tiempo, hice un viaje a Liverpool, United Kingdom. Y se me fue robado el bolso con mi Pasaporte Internacional. Tarjetas de Crédito dentro. La Embajada está deseando ayudarme con dejarme tomar un vuelo sin mi Pasaporte, solo que tengo que pagar por el billete y cubrir las cuentas del Hotel. Para mi desgracia, no puedo acceder a mis fondos sin las tarjetas de crédito, ya contacte con mi Banco pero necesitan más tiempo para los procesos y así conseguirme uno nuevo. En esa inoportuna situación he pensado en pedirte un préstamo rápido de fondo que puedo devolverte tan pronto que regrese. Realmente necesito estar en el próximo vuelo.
Necesito como 2000 dólar para cubrir mis gastos. Money gram es la mejor manera de enviar dinero a mí. Yo no tengo acceso a las llamas telefónicas. Actualmente estoy usando una computadora de una biblioteca pública, por falta de fondos he tenido que abandonar el hotel. Por favor, dígame si debo enviar mi detalles en cómo hacer llegar los fondos a mí.
Espero ansiosamente tu respuesta.
Isabela Ponce Ycaza
Por suerte la gente que me conoce sabe que no hablo como Yoda o como gringa, y que comerme una tilde es tan grave como no iniciar una oración con mayúscula. El mensaje de Felipe me causó indignación. Zombie, prendí la computadora e intenté ingresar a mi correo. La contraseña era incorrecta. Mientras intentaba recuperarla con un proceso dizque híperseguro que tiene Google, me llegó otro mensaje de un amigo que está en Brasil, con quien había hablado la noche anterior y sabía perfectamente que yo estaba en Buenos Aires y no en Liverpool. La misma historia que con Felipe, solo que él, en vez de decirme “te hackearon”, lanzó la primera broma.
- “¿Estás bien?”, me escribió.
- “Claro, sabes que es hackeo”, contesté.
- “Ah no sé, es que ayer te decía que eres libre como el viento, peligrosa como el mar, creí que habías agarrado las maletas y te habías ido a Londres”, respondió.
Risas. Las primeras del día. No terminaba de despertarme y mi desgracia ya se opacaba (o iluminaba) por el humor. El siguiente mensaje de Whatsapp fue de una amiga del colegio, de esas que aunque ves una vez al año –o menos- le tienes mucho cariño y sabes que está ahí. Me dijo que se imaginaba que no era yo pero que de todas maneras quería saber si estaba bien. Mientras chateábamos, yo intentaba otra vez –inútilmente- recuperar mi clave. Por irresponsable o despistada no recordaba algunas de las preguntas que me hacían, ni siquiera el mes en que creé la cuenta (creo que el año sí lo recuerdo con precisión). Entonces le pedí a ella que revise cuál fue el primer correo que le mandé de ese Gmail. Me dio una fecha que yo sabía que no era real y luego compartió el contenido del correo. Recordamos esas épocas en las que teníamos una cadena de mails para hablar solo sobre ese chico que le gustaba de adolescente o de cuando nos graduamos del colegio y algunas amigas que migraron a estudiar nos mandaban fotos de sus nuevos apartamentos y hablaban de sus nuevas roomates gringas. Un recuerdo grato que me sacó, de nuevo, una sonrisa.
Enseguida hice lo que toda personan adicta a las redes sociales haría: tuitié mi desgracia.
Después de una hora y pico de intentar por tercera vez recuperar mi clave y no lograrlo, hice lo que probablemente pocas personas harían: me di la vuelta y seguí durmiendo. Me desperté después de cuarenta y cinco minutos y esta vez no solo el whatsapp tenía el mismo mensaje de advertencia o preocupación –de amigos, conocidos, fuentes periodísticas, familiares- sino también mi buzón de entrada de Facebook y un DM de Twitter que me desconcertó.
- “Estoy hablando con tus hackers”
Era Iván, una fuente que se convirtió en pana después de la primera y única entrevista que le hice. Él, intentando engañar al que engaña, contestó el correo y recibió una respuesta similar al primer mail. Con un español mocho y un cierre de “Quiero saber lo rápido que puede ser. Por favor mantenme informado. (Estoy agradecido)” el hacker daba una dirección en Liverpool y mi nombre como únicas referencias. Con ese segundo mail, Iván identificó el IP. “Están en Nigeria”, me dijo.
- “¿En qué momento me volví tan popular?”, pensé riéndome sola.
***
A las 10:00 me reuní por Skype con un amigo en Quito que se ofreció a ayudarme con mi problema. Casi una hora de intentos fallidos. La conversación nos sirvió para recordar esa vez que él, como experimento social, se creó una cuenta en una red para encontrar pareja. Me contó que un amigo había salido con su seguidora virtual y que no le había ido mal hasta que él se enteró que tenía como trescientos seguidores y que, al parecer, salía con todos. Nos cagamos de risa por lo patético. Esos segundos de distracción me hacían olvidar que probablemente perdería toda la información que guardé durante unos cinco años, en vano.
La gente me seguía contactando por las vías posibles. Tengo planes de viajar a Londres este o el próximo año por eso recibí más de un mensaje de amigos y familia genuinamente preocupados por mí. Un amigo bromeó que son los hackers más creativos y atinados que ha conocido.
“Me debes 2000 dólares”
“Sabía que no eras tú, demasiados errores ortográficos”
“Ya decía yo, cómo viaja Isa”
“Ahí está por andar por la vida revelando tus claves. Llámalo a tu ex, él ha de ser”
“Creo que hackearon tu cuenta, ¿o estás en Liverpool chira?”
“Yo ya te deposité Isabela. Si necesitas algo avisa” (Alguien súper creíble que diga eso)
“Cuatro amigos míos se han ido a Liverpool y les robaron la billetera…¿no los conoces?”
“No era de que digas nada y te forrabas”.
“Pensé qué atrevida pidiéndome dinero después de tantos años”
Podría escribir todos los mensajes que recibí pero escogí mis favoritos, los que me sacaron más de una carcajada y me hicieron olvidar el amargo de saber que perdí mis contactos y esos correos que uno almacena con un cariño inexplicable. Mientras escribo esto, al final del día que pensé sería negro o al menos gris, sonrío porque reí más que ayer, hablé con gente que no conversaba hace años y recordé lo que el malgenio de la mañana volvía borroso: es solo una cuenta de mail.
viernes, 10 de agosto de 2012
En el cielo
Un revoltillo insípido, dos tortillas de papa con una salsa roja que intenta ser de tomate, un pan duro (muy duro), un café instantáneo. Lo más llamativo en mi bandeja es una mermelada hiperpersonal de durazno. Son las 10:00 y el desayuno que la azafata me sirve sabe bien. Quizás si no hubiese ayunado desde las 14:00 del día anterior no fuese tan generosa con la calificación o no me hubiese comido hasta las migajas del intento de pan. Pero como dirían en Guayaquil, todo “se deja comer”.
Estoy en el cielo de algún lugar entre Guayaquil y Santiago de Chile. Más cerca de mi ciudad porque salimos recién hace unos treinta minutos, más o menos. Cuando estás agotada y tienes sueño te pierdes en el tiempo. Literalmente las horas cambian, en Santiago una más, en Buenos Aires dos.
Mucho tiempo despierta.
4:30 alarma y enseguida duchazo. 5:30 preembarque. 7:20 despegue desde Quito. 8:00 aterrice en Guayaquil. Los 35 minutos entre la capital y mi ciudad no los recuerdo, el sueño fue tan intenso que no sentí el aterrizaje, el aterrizaje que suele ser tan brusco que deberían inventarse otra palabra para ese tipo de descenso.
Los 35 minutos me acomodo chueca en mi asiento, ventana por supuesto. A mi lado no hay compañeros de vuelo pero el cansancio me vence y me apoyo en mi otra compañera: la ventana. Ya en Guayaquil los asientos, del vuelo casi vacío que acaba de terminar, se empiezan a llenar. Pero no los de mi lado. Se cierra la puerta, entran todos los pasajeros y yo… yo tengo una fila de tres asientos para mí sola.
Tres almohadas, tres colchas, tres sillas. Al comienzo no quiero abusar del espacio. Me siento culpable que a mi lado o detrás las personas van sentadas en una sola silla. Pero duermo y disfruto hasta llegar a la ciudad de la furia.
lunes, 6 de agosto de 2012
Vegetarianismo for rookies
Buenos Aires
Hace un año y diez meses dejé de comer todo tipo de carne animal (res, pollo, cordero, chancho, mariscos…). En ese lapso pude visitar Buenos Aires dos veces. En este segundo viaje me di cuenta que hay una serie de temas que hay que tomar en cuenta para no salir corriendo o frustrado de la ciudad donde el filete de carne es adorado como un primogénito.
1. El rechazo. Nuestros vecinos del sur están convencidos que la carne es su mejor recurso. Según mis amigos lo es pero nunca pude comprobarlo, cuando llegué por primera vez a Buenos Aires ya había tomado la decisión del vegetarianismo. Entonces, cada vez que preguntaba las opciones sin carne en la carta, las respuestas eran similares: ¿Cómo sin carne? Qué… ¿no comés carne? ¿Qué sos vegetariana? (Léase con tono porteño –gritón y con aires de insulto-) Tras mi respuesta afirmativa algunos se tragaban el orgullo y me mostraban las opciones sin vaca; otros, pocos, no les daba pereza comentar o mirarme bajo el hombro como demente. Si vas a una ciudad carnívora por excelencia, debes aguantar una reacción poco amigable de quienes la habitan cuando confiesas que eres vegetariana. Ser vegetariana es casi un insulto para los argentinos.
2. El filete. Aunque se crean expertos en el tema parecería que creen que comer carnes se limita al filete de carne roja. Más de una vez que dije que era vegetariana que me ofrezcan opciones, las respuestas eran algo como…:”Tenemos jamones, salamis también; si quieres te preparamos algo con camarón; hay una ensalada de pollo muy rica”. No señores, el ser vegetariano implica no comer ningún tipo de carne, no solo la de vaca y en filete.
3. Los spots. Aunque en el menú de estos sitios la carne figura entre las opciones, pude comprobar que hay una serie de restaurantes informales que le apuestan a la comida light-sana-orgánica (en estos tiempos todo es lo mismo) y ofrecen platos vegetarianos muy muy buenos. Visité y recomiendo mucho Natural Deli en Recoleta y Origen en San Telmo. Para un vegetariano siempre es más confiable ir a un lugar que se venda como –natural, vegetariano, o algún nombre que aluda a comida sana- porque hay opciones como un wrap de hummus, con berenjena, queso de cabra y semillas de girasol y no te engañan con un arroz con vegetales (típica opción que incluyen en los menús tradicionales para cumplir con la cuota de los freaks vegetarianos que se sientan en esos restaurantes). Intenta evitar las opciones vegetarianos en los lugares no-vegetarianos.
4. Pan y vino. Esto parecería un extremo pero pasa. Una noche salimos un grupo de 20 personas a comer, los había conocido a todos esa noche y democráticamente (petición de la mayoría, yo ni opiné) ganó un sitio especializado en carnes. Las dos horas y media que estuvimos ahí, mientras todos compartieron una picada de carnes de diversos cortes, salchicha, morcilla, salami, etc. yo tomaba vino y comía pan con las salsitas que por lo menos eran variadas y buenas. Cuando se presenta una situación con personas de poca confianza, toca llenarse de pan y vino.
5. Carne 24/7. Durante cinco días que duró una actividad donde el almuerzo estaba incluido, una compañera también vegetariana y yo tuvimos siempre un menú diferente. Es obvio (pero en realidad no debería de serlo), existen cantidades de platos que no incluyen carne de ningún tipo. Existen pero casi no se preparan, al menos no acá. Si comen algún tipo de carne todos los días, ¿cuánta consumir al año?
6. Bendito sea el postre. Si vas a un sitio y no hay absolutamente nada qué elegir en la carta que no contenga un mínimo de ‘cadáver de animal’, el dulce siempre es una excelente alternativa. Por suerte en la repostería los argentinos sí se mueven un poco más; con el dulce de leche y los alfajores los vegetarianos estamos del otro lado.
7. Pasta en exceso. Como no puedes comer carne el plan B siempre será ravioles, spaguettis, gnoquis, canelones, etc. si te pasas comiendo solo pastas es evidente que engordarás. En Buenos Aires es muy fácil caer en eso porque más allá de las carnes parecería que su gama gastronómica es muy limitada y los carbohidratos son su backup.
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domingo, 15 de julio de 2012
Nada
"¿Qué piensas?", me preguntó. Y cerca de diez ideas se peleaban en mi mente por ocupar el lugar principal. Todas querían ganar y la confusión aumentaba.
Silencio. Miradas fijas. Miradas evasivas.
No volvió a preguntar. Supongo que entendió que no quería hablar.
Mientras más tiempo pasaba más ideas llegaban a mi mente. Pero al mismo tiempo sentía que se iban colando, una a una, hasta que las más importantes aplastaban a las irrelevantes. Todo esto sin querer. Sin querer tener que buscar una respuesta a esa estúpida pregunta, tan corta pero tan cargada de miedo. Miedo a ver qué pienso.
Los pensamientos hacían de la suya en mi cabeza mientras que un agujero del tamaño de un anillo se iba abriendo en el medio del pecho. Ardor, dolor, malestar. Una sensación desagradable parecida a la tristeza. Inevitable, pensé. Ya no hay cómo pedirle a esa otra parte de mí que no sienta.
No pensar es quizás más fácil pero no sentir es imposible.
"Inseguridad", respondí después de minutos que parecieron horas. Y sentí ese amargo en mi saliva. Sentí que debía llorar, o quería. No lo hice. El sentimiento duró poco y ganó la razón. Quizás. Ganó la comunicación mas bien. Y hablé, hablé hasta sentir que mis palabras ya no tenían sentido. El miedo o la tristeza me impidieron pensar y hablar con claridad. Pero elegí hablar a llorar.
Cobarde sí. Dejé de hablar para cerrar los ojos y pensar. Volver a pensar. Piensas demasiado me repetí a mí misma. Ya ahora nada importa. Lo que crees que es de una forma ya no es. Y duele. Duele tener que fingir que no importa o al menos que no importanta tanto. Pero finges porque eliges eso. Cobarde.
Pienso y siento y es una explosión que no sé cuánto más resista. Quiero que se vaya, que no pregunte de nuevo, que nunca haya preguntado eso, que entienda cómo me siento sin decírselo. Quiero muchas cosas pero lo que más quiero ahora es no pensar.
domingo, 1 de enero de 2012
Un funeral
El tema era serio. Un grupo de funerarias del país se quejan que desde que el Ministerio de Inclusión Económica y Social incluyó los servicios exequiales para los beneficiarios del Bono de Desarrollo Humano, ellos pierden plata.
Una hora de conversación con tres dueños de funerarias. Entre ellos se interrumpían para explicar mejor la situación. Yo escuchaba paciente. Ellos no dejaban de agregar detalles al asunto. Total seriedad.
Apago mi grabadora, cierro la libreta, me levanto y extiendo la mano. "Espérese que pedí al vecino que nos haga unos juguitos". Entra el dueño de "la fuente de soda" de un sector del sur de Quito, con una bandeja y tres ¿batidos? king-size. Para mí, para el fotógrafo, para el chofer. Mientras tomamos la bebida de cortesía la seriedad se empieza a desbaratar.
"Si supiera niña todo lo que yo veo en los funerales", comienza Pablo. Sus manos regordetas con resto de goma acompañan sus gestos caricaturescos. Y continúa: "Hace poco fui a entregar los servicios a una familia bien humilde en el campo. Un señor se había muerto y su esposa no dejaba de sollozar. Lloraba y lloraba arrodillada frente al ataúd, no había quién la consuele". Pablo imita el llanto de la señora que describe como indígena, de campo, humilde, pequeña, muy triste. Él ríe mientras imita el llanto pero su actuación es tal que sus dos amigos funerarios, el chofer y el fotógrafo se ahogan en risas. Yo sonrío para no ser descortés pero no comparto la desgracia de la señora.
"Espere señorita" me dice al ver que no me río. "Es que la historia termina...ya va a ver"...Me cuenta que la señora lloraba y lloraba y entre lágrimas ni se le entendía lo que quería decir, solo al final dijo que nunca se iba a olvidar las últimas palabras de su marido antes de morir..."no mueves el andamio, sosténlo bien india bruta". Las risas vuelven a invadir el pequeño cuarto rodeado de ataúdes, y Pablo continúa diciéndome que esa es solo una de sus historias, que tiene miles...
La otra vez fue a un funeral pelucón, dice, la viuda tenía unas gafas que parecían para soldar, de esas grandotas, apenas dos lágrimas derramó durante la hora y media de ceremonia, dos lágrimas que secó con un minúsculo pañuelo que sacó de su minúscula cartera. Mientras cuenta, Pablo actúa la escena. De nuevo los cinco hombres que escuchan la historia se mofan de la tragedia.
Yo sonrío, insisto, me cuesta burlarme de eso. Pero Pablo me mira y me dice "Señorita, este es mi trabajo, si no me río de estas cosas, ¿entonces cómo me divierto?"
Una hora de conversación con tres dueños de funerarias. Entre ellos se interrumpían para explicar mejor la situación. Yo escuchaba paciente. Ellos no dejaban de agregar detalles al asunto. Total seriedad.
Apago mi grabadora, cierro la libreta, me levanto y extiendo la mano. "Espérese que pedí al vecino que nos haga unos juguitos". Entra el dueño de "la fuente de soda" de un sector del sur de Quito, con una bandeja y tres ¿batidos? king-size. Para mí, para el fotógrafo, para el chofer. Mientras tomamos la bebida de cortesía la seriedad se empieza a desbaratar.
"Si supiera niña todo lo que yo veo en los funerales", comienza Pablo. Sus manos regordetas con resto de goma acompañan sus gestos caricaturescos. Y continúa: "Hace poco fui a entregar los servicios a una familia bien humilde en el campo. Un señor se había muerto y su esposa no dejaba de sollozar. Lloraba y lloraba arrodillada frente al ataúd, no había quién la consuele". Pablo imita el llanto de la señora que describe como indígena, de campo, humilde, pequeña, muy triste. Él ríe mientras imita el llanto pero su actuación es tal que sus dos amigos funerarios, el chofer y el fotógrafo se ahogan en risas. Yo sonrío para no ser descortés pero no comparto la desgracia de la señora.
"Espere señorita" me dice al ver que no me río. "Es que la historia termina...ya va a ver"...Me cuenta que la señora lloraba y lloraba y entre lágrimas ni se le entendía lo que quería decir, solo al final dijo que nunca se iba a olvidar las últimas palabras de su marido antes de morir..."no mueves el andamio, sosténlo bien india bruta". Las risas vuelven a invadir el pequeño cuarto rodeado de ataúdes, y Pablo continúa diciéndome que esa es solo una de sus historias, que tiene miles...
La otra vez fue a un funeral pelucón, dice, la viuda tenía unas gafas que parecían para soldar, de esas grandotas, apenas dos lágrimas derramó durante la hora y media de ceremonia, dos lágrimas que secó con un minúsculo pañuelo que sacó de su minúscula cartera. Mientras cuenta, Pablo actúa la escena. De nuevo los cinco hombres que escuchan la historia se mofan de la tragedia.
Yo sonrío, insisto, me cuesta burlarme de eso. Pero Pablo me mira y me dice "Señorita, este es mi trabajo, si no me río de estas cosas, ¿entonces cómo me divierto?"
Recordatorio
Primer día del año. Aunque parezcan clichés las reflexiones son inevitables. Como este es un espacio que intento dedicarlo, más que nada, a mi profesión/oficio/pasión... escribiré un par de líneas que surgen de mi mente y corazón. Sí, corazón porque al conectarme con mi trabajo no solo lo hago de manera intelectual sino trasciende a un plano sentimental, sin llegar a ser cursi ni exagerado.
Mi reflexión sobre el periodismo este primero de enero, apunta al porqué a pesar de todas las críticas de terceros, decepciones de los mismos periodistas y demás "peros" de la profesión, para mí sigue siendo mi oficio predilecto.
No es solo un oficio sino que es una misión. Es un servicio. No es un trabajo para lucrarse, es ingenuo quién todavía piensa que serán millonarios con esta profesión. Es un trabajo para servir a los demás, hecho mediante la ayuda de los otros y para ellos. En lo que a mí respecta, es un trabajo compasivo en el que necesariamente debe haber una suerte de entrega, porque sí, es un trabajo sacrificado.
¿Qué ganamos nosotros? Se preguntarán algunos periodistas. El Dalai Lama tiene una reflexión sencilla, clara pero desbordante de sabiduría: dice que cuando somos compasivos, nos preocupamos por los demás de una manera genuina, no solo gana el que está siendo ayudado por nosotros, ganamos nosotros porque esa sensación de dar y de compartir nos produce satisfacción, amor. Es una reacción automática que puede pasar hasta desapercibida pero que si la examinamos en nuestro interior es muy poderosa y agradable.
A los periodistas los invito a revisar sus motivaciones por las que siguen practicando el oficio. A los que no ejercen esta profesión los invito a revisar, también, las razones por las que hacen lo que hacen...¿les gusta? o simplemente es costumbre, necesidad, evasión...
Este primer día del año debo confesar que me siento más que feliz de que mi trabajo me produce alegría no solo porque puedo ayudar y servir a los demás sino porque no dejo de aprender y conocer.
Mi reflexión sobre el periodismo este primero de enero, apunta al porqué a pesar de todas las críticas de terceros, decepciones de los mismos periodistas y demás "peros" de la profesión, para mí sigue siendo mi oficio predilecto.
No es solo un oficio sino que es una misión. Es un servicio. No es un trabajo para lucrarse, es ingenuo quién todavía piensa que serán millonarios con esta profesión. Es un trabajo para servir a los demás, hecho mediante la ayuda de los otros y para ellos. En lo que a mí respecta, es un trabajo compasivo en el que necesariamente debe haber una suerte de entrega, porque sí, es un trabajo sacrificado.
¿Qué ganamos nosotros? Se preguntarán algunos periodistas. El Dalai Lama tiene una reflexión sencilla, clara pero desbordante de sabiduría: dice que cuando somos compasivos, nos preocupamos por los demás de una manera genuina, no solo gana el que está siendo ayudado por nosotros, ganamos nosotros porque esa sensación de dar y de compartir nos produce satisfacción, amor. Es una reacción automática que puede pasar hasta desapercibida pero que si la examinamos en nuestro interior es muy poderosa y agradable.
A los periodistas los invito a revisar sus motivaciones por las que siguen practicando el oficio. A los que no ejercen esta profesión los invito a revisar, también, las razones por las que hacen lo que hacen...¿les gusta? o simplemente es costumbre, necesidad, evasión...
Este primer día del año debo confesar que me siento más que feliz de que mi trabajo me produce alegría no solo porque puedo ayudar y servir a los demás sino porque no dejo de aprender y conocer.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Lo bueno también es noticia
Las peleas, los conflictos, las diferencias, los fracasos. Las páginas de los diarios desbordan esas noticias. Sé que uno de los conceptos del periodismo es fiscalizar, mostrar, informar...pero OJO que no es solo fiscalizar, mostrar e informar lo malo.
¿Por qué muchos periodistas se afanan en ver el lado negro de las cosas? Les enseñas una hoja blanca con un punto negro en el centro, les preguntas ¿qué ves? y te responden un punto negro. Triste. Triste porque gastan sus energías solo en eso...no digo que no haya que buscar "esa verdad oculta" pero también hay verdades que no están tan ocultas y están esperando a ser contadas...las buenas noticias.
Las historias de vida, las situaciones positivas que hay en el mundo. Las hay, por montones pero cómo nos vamos a enterar si nadie nos las cuenta. Creo que esa es parte de mi misión como periodista y ser humano en esta vida. Por algo elegí la carrera, para estar cerca a la gente que más necesita, para ayudarla y ahora que lo pienso para ayudar también a los lectores a que vean otro lado del mundo.
El otro día mi tele estaba prendida pero no estaba viéndola solo escuchando de lejos. Treinta minutos de robos, atropellos y asesinatos. Qué país más miserable deben de pensar todos los televidentes. Pero por qué carajo no se dan un tiempo para las "buenas noticias". No me gustan los dualismos y peor la palabra buena porque quién define qué es bueno y qué no...pero creo que es necesario, en todo caso, enseñar aquello que no es miseria.
Desde mi escritorio hay una lucha diminuta, pero la hay. Cada vez que puedo decidir, escojo la buena noticia. Mostrarla, compartirla y regalarle a los lectores un momento agradable que parece ahora tan difícil de lograr con tanta negatividad en las líneas de los diarios.
¿Por qué muchos periodistas se afanan en ver el lado negro de las cosas? Les enseñas una hoja blanca con un punto negro en el centro, les preguntas ¿qué ves? y te responden un punto negro. Triste. Triste porque gastan sus energías solo en eso...no digo que no haya que buscar "esa verdad oculta" pero también hay verdades que no están tan ocultas y están esperando a ser contadas...las buenas noticias.
Las historias de vida, las situaciones positivas que hay en el mundo. Las hay, por montones pero cómo nos vamos a enterar si nadie nos las cuenta. Creo que esa es parte de mi misión como periodista y ser humano en esta vida. Por algo elegí la carrera, para estar cerca a la gente que más necesita, para ayudarla y ahora que lo pienso para ayudar también a los lectores a que vean otro lado del mundo.
El otro día mi tele estaba prendida pero no estaba viéndola solo escuchando de lejos. Treinta minutos de robos, atropellos y asesinatos. Qué país más miserable deben de pensar todos los televidentes. Pero por qué carajo no se dan un tiempo para las "buenas noticias". No me gustan los dualismos y peor la palabra buena porque quién define qué es bueno y qué no...pero creo que es necesario, en todo caso, enseñar aquello que no es miseria.
Desde mi escritorio hay una lucha diminuta, pero la hay. Cada vez que puedo decidir, escojo la buena noticia. Mostrarla, compartirla y regalarle a los lectores un momento agradable que parece ahora tan difícil de lograr con tanta negatividad en las líneas de los diarios.
Abandono
Casi cinco meses sin escribir una línea. Ideas por montones, minutos que faltan. Debería de proponerme no dejarte blog. ¿Cuánto me demoro? Diez, quince o máximo treinta minutos en escribir algo aquí. Tengo tantas cosas en mi cabeza que quisiera escribir sobre el periodismo en sí, pero no sé por dónde comenzar. Enlistaré un par pero sin desarrollarlas, para acordarme en algún momento que las tengo pendientes:
- Discapacidades. Las personas que tienen algún tipo de problema deben enfrentar todos los días un reto nuevo. Son demasiado valientes y admirables, he aprendido muchísimo de ellas.
- Relacionistas públicos y sus perlitas. Te joden durante semanas para que les publiques algo y cuando les pides una entrevista con su jefe se demoran meses o nunca te la dan.
- Ambiente y tú, y yo y cómo si se puede cambiar al mundo empezando por uno.
- Yasuní y el verdadero problema que hay detrás. La política y el medio ambiente parecen no combinar.
- Discapacidades. Las personas que tienen algún tipo de problema deben enfrentar todos los días un reto nuevo. Son demasiado valientes y admirables, he aprendido muchísimo de ellas.
- Relacionistas públicos y sus perlitas. Te joden durante semanas para que les publiques algo y cuando les pides una entrevista con su jefe se demoran meses o nunca te la dan.
- Ambiente y tú, y yo y cómo si se puede cambiar al mundo empezando por uno.
- Yasuní y el verdadero problema que hay detrás. La política y el medio ambiente parecen no combinar.
Automático
Hay días que siento que soy un títere. Que entrevisto y escribo lo que me piden porque hay que llenar un espacio. No porque realmente importa el contenido de lo que vaya en ese espacio.
Es una sensación frustrante. Intento que no me afecte, aunque a veces fracaso en el intento. Intento verlo como parte de un trabajo, de una profesión que adoro pero que, a veces, tiene lógicas capitalistas como cualquier otro oficio.
Huyo de "eso" cada vez que puedo. Pero cuando no puedo solo funciono en automático, me olvido por un segundo que soy periodista y me convierto en obrera. Lleno el espacio y ya. Prefiero pensar eso, que fue un trabajo automatizado...a pensar que eso es periodismo. Porque no lo es, llenar una decena de líneas con testimonios y entrelazarlos no es periodismo. Para mí es estar en automático.
Es una sensación frustrante. Intento que no me afecte, aunque a veces fracaso en el intento. Intento verlo como parte de un trabajo, de una profesión que adoro pero que, a veces, tiene lógicas capitalistas como cualquier otro oficio.
Huyo de "eso" cada vez que puedo. Pero cuando no puedo solo funciono en automático, me olvido por un segundo que soy periodista y me convierto en obrera. Lleno el espacio y ya. Prefiero pensar eso, que fue un trabajo automatizado...a pensar que eso es periodismo. Porque no lo es, llenar una decena de líneas con testimonios y entrelazarlos no es periodismo. Para mí es estar en automático.
Hermanos
Ariel y Chicho. Once y trece años. Camino en fila india con ellos sobre una vereda. Intentamos pasar por debajo de los techos para no mojarnos. Llueve y hace frío. Son las tres de la tarde y el cielo de Quito es gris. “Ese es el bus” me dice Ariel, me despido y me subo. “Llévela a San Bartolo”, le dice Ariel al cobrador del transporte y Chicho agrega “avísele dónde bajarse para que no se pierda”. El bus se aleja y ellos permanecen en la parada como esperando que “me vaya bien”. Su preocupación me conmueve y transforma mi día.
Los dos están en séptimo de básica de una escuela fiscal de la capital. Me los presentan y sé que tienen vergüenza. La grabadora de voz frente a ellos los intimida pero también los divierte, no dejan de observar el foquito naranja y los números que cambian.
Ariel es el mayor de 4 hermanos. Casi todos los días se encarga de cuidarlos. Muy temprano en la mañana lleva a la menor, de 5 años, al jardín de infantes. Luego regresa a casa y junto con sus otras dos ñañas va a clases. Aunque el almuerzo se lo dan en la escuela, cuando llega a casa él mismo prepara la cena: “huevo, arroz y agua de manzanilla”. No vive solo, su madre es ama de casa aunque él no la menciona tanto, solo cuenta que cuando sale, él se queda a cargo. Su padre no vive en Quito pero tiene un padrastro a quien le dice papá. Juntos juegan fútbol los fines de semana y la manera de contarlo demuestra que no es solamente el esposo de su madre.
Ella es de Esmeraldas y hasta el acento de Ariel tiene vestigios de esas raíces. Bembón, de nariz ancha, ojos profundos y pelo pequeño rizado. Mientras conversa juega con una cruz de madera que cuelga de su cuello. No sé, me dice cuando comienzo a preguntar más detalles sobre determinado tema. Pero no lo hace en tono incómodo sino que ríe. Siente vergüenza, su risa es de timidez.
Ahora que hable él me dice mientras señala a Chicho. Él es de Chone y su acento tampoco es de la sierra. Les hago caer en cuenta que somos tres costeños en Quito y ríen. Me preguntan mi edad, mi profesión, sobre mi familia. Ahora soy yo la entrevistada. Chicho narra más fluida su historia. Su mamá murió hace un par de años, vive con su padre y la nueva esposa. En la casa son ocho miembros, tiene tres hermanos mayores y dos menores. Con voz acelerada y jugando con su collar de Barcelona me confiesa que quiere ser futbolista, que ese es su sueño, que juega muy bien, que le gana a Ariel y que un amigo le ha prometido que lo ayudará para que juegue en algún equipo.
“¿En cuál quisieras?” Barcelona pues, pero si no se puede al que sea, El Nacional o Deportivo Quito...igual ya cuando me conozcan y juegue mejor me puedo cambiar al que quiera. Todos los días se toma dos minutos para peinarse. Lleva el pelo como “gallito”, algunos amigos le dicen así. En su nuca cae una pequeña trenza rubia, un tono cinco veces más claro que el resto de su pelo castaño. Sus ojos también son castaños y saltarines. Se expresa con ellos y sus manos. Se emociona contando historias.
Chicho y Ariel viven cerca. A veces llegan juntos a la escuela y también regresan a casa. Toman bus y caminan por la ciudad solos. “A veces hay unos que tienen cara de malosos y nos dicen cosas cuando estamos caminando por calles medio peligrosas pero nosotros no les hacemos caso”, dice Chicho. Él y su amigo conocen la calle. Chicho lustra botas y Ariel hace malabares en los semáforos. Lo que ganan lo llevan a sus casas. No hablan casi nada de su trabajo sino de lo que hacen los fines de semana, eso los alegra porque sonríen mientras lo comparten.
Desde hace un año que los fines de semana de Ariel son diferentes. Casi todos los sábados ve a Stalin, un quiteño de 25 años que se ha convertido en “su hermano mayor”. Los dos son parte de una fundación que justamente busca que niños en situaciones familiares y socioeconómicas difíciles tengan momentos de diversión y aprendizaje.
“Cuando salgo de mi casa respiro aire nuevo, me encanta ir a pasear porque me distraigo”, expresa Ariel. Por sus palabras por instantes me olvido que converso con un niño de once años. “Mis hermanos a veces me sacan de quicio, se pelean mucho”, continúa. Sin duda es un niño que ha crecido y madurado a la fuerza. Habla con seriedad de ciertos temas, como de su familia. Pero es más suelto cuando menciona otros, como sus salidas con Stalin.
Han ido al cine juntos, a museos, parques e incluso lo ha invitado a comer a la casa de la novia. Me conmueve cómo cuenta con emoción sus anécdotas con su hermano mayor. Chicho ya no es hermano menor, lo fue hace dos años pero sigue hablando con quien fue su mentor un año.
Los dos dicen que quisieran tener a ese hermano para siempre porque es “una persona buena que me enseña”. ¿Ustedes creen que yo podría ser hermana mayor? “¡Sí, te encantaría!” me responden en coro mientras caminamos bajo la lluvia. Ya debo irme y para que no me pierda me acompañan hasta la parada del bus. El apretón de manos que me regalaron en nuestra presentación se transforma en un abrazo de despedida. Desde la ventana del bus los veo de pie donde me dejaron. Sonríen. Yo también, sonrío más.
Los dos están en séptimo de básica de una escuela fiscal de la capital. Me los presentan y sé que tienen vergüenza. La grabadora de voz frente a ellos los intimida pero también los divierte, no dejan de observar el foquito naranja y los números que cambian.
Ariel es el mayor de 4 hermanos. Casi todos los días se encarga de cuidarlos. Muy temprano en la mañana lleva a la menor, de 5 años, al jardín de infantes. Luego regresa a casa y junto con sus otras dos ñañas va a clases. Aunque el almuerzo se lo dan en la escuela, cuando llega a casa él mismo prepara la cena: “huevo, arroz y agua de manzanilla”. No vive solo, su madre es ama de casa aunque él no la menciona tanto, solo cuenta que cuando sale, él se queda a cargo. Su padre no vive en Quito pero tiene un padrastro a quien le dice papá. Juntos juegan fútbol los fines de semana y la manera de contarlo demuestra que no es solamente el esposo de su madre.
Ella es de Esmeraldas y hasta el acento de Ariel tiene vestigios de esas raíces. Bembón, de nariz ancha, ojos profundos y pelo pequeño rizado. Mientras conversa juega con una cruz de madera que cuelga de su cuello. No sé, me dice cuando comienzo a preguntar más detalles sobre determinado tema. Pero no lo hace en tono incómodo sino que ríe. Siente vergüenza, su risa es de timidez.
Ahora que hable él me dice mientras señala a Chicho. Él es de Chone y su acento tampoco es de la sierra. Les hago caer en cuenta que somos tres costeños en Quito y ríen. Me preguntan mi edad, mi profesión, sobre mi familia. Ahora soy yo la entrevistada. Chicho narra más fluida su historia. Su mamá murió hace un par de años, vive con su padre y la nueva esposa. En la casa son ocho miembros, tiene tres hermanos mayores y dos menores. Con voz acelerada y jugando con su collar de Barcelona me confiesa que quiere ser futbolista, que ese es su sueño, que juega muy bien, que le gana a Ariel y que un amigo le ha prometido que lo ayudará para que juegue en algún equipo.
“¿En cuál quisieras?” Barcelona pues, pero si no se puede al que sea, El Nacional o Deportivo Quito...igual ya cuando me conozcan y juegue mejor me puedo cambiar al que quiera. Todos los días se toma dos minutos para peinarse. Lleva el pelo como “gallito”, algunos amigos le dicen así. En su nuca cae una pequeña trenza rubia, un tono cinco veces más claro que el resto de su pelo castaño. Sus ojos también son castaños y saltarines. Se expresa con ellos y sus manos. Se emociona contando historias.
Chicho y Ariel viven cerca. A veces llegan juntos a la escuela y también regresan a casa. Toman bus y caminan por la ciudad solos. “A veces hay unos que tienen cara de malosos y nos dicen cosas cuando estamos caminando por calles medio peligrosas pero nosotros no les hacemos caso”, dice Chicho. Él y su amigo conocen la calle. Chicho lustra botas y Ariel hace malabares en los semáforos. Lo que ganan lo llevan a sus casas. No hablan casi nada de su trabajo sino de lo que hacen los fines de semana, eso los alegra porque sonríen mientras lo comparten.
Desde hace un año que los fines de semana de Ariel son diferentes. Casi todos los sábados ve a Stalin, un quiteño de 25 años que se ha convertido en “su hermano mayor”. Los dos son parte de una fundación que justamente busca que niños en situaciones familiares y socioeconómicas difíciles tengan momentos de diversión y aprendizaje.
“Cuando salgo de mi casa respiro aire nuevo, me encanta ir a pasear porque me distraigo”, expresa Ariel. Por sus palabras por instantes me olvido que converso con un niño de once años. “Mis hermanos a veces me sacan de quicio, se pelean mucho”, continúa. Sin duda es un niño que ha crecido y madurado a la fuerza. Habla con seriedad de ciertos temas, como de su familia. Pero es más suelto cuando menciona otros, como sus salidas con Stalin.
Han ido al cine juntos, a museos, parques e incluso lo ha invitado a comer a la casa de la novia. Me conmueve cómo cuenta con emoción sus anécdotas con su hermano mayor. Chicho ya no es hermano menor, lo fue hace dos años pero sigue hablando con quien fue su mentor un año.
Los dos dicen que quisieran tener a ese hermano para siempre porque es “una persona buena que me enseña”. ¿Ustedes creen que yo podría ser hermana mayor? “¡Sí, te encantaría!” me responden en coro mientras caminamos bajo la lluvia. Ya debo irme y para que no me pierda me acompañan hasta la parada del bus. El apretón de manos que me regalaron en nuestra presentación se transforma en un abrazo de despedida. Desde la ventana del bus los veo de pie donde me dejaron. Sonríen. Yo también, sonrío más.
viernes, 5 de agosto de 2011
Paciencia
Viernes, sexto día viviendo en Quito. Me despierto temprano, como lo he hecho desde que llegué. Cada día la madrugada ha sido por una razón distinta. Hoy es por un trámite, la apertura de una cuenta bancaria. No sé a qué hora abren la agencia donde me indicaron que vaya, pero igual le apuesto a las 9 de la mañana.
Antes de salir de casa, mi amiga me convence para ir al gimnasio después del trabajo. Hago un bolso: zapatos de caucho, otro suéter, lycra, camiseta. Parece liviano pero sumado a la cartera con mi libro, libretas (sí, una es para el trabajo y otra para mis apuntes), billetera, ipod, etc...pesa.
Salgo de casa acompañada y me quedo en la parada (cerca del banco) sola, mi amiga sigue su rumbo. Me encargó que pague la luz entonces ahora son dos trámites. Llego a Quicentro y preguntando llego al banco. Es importante recalcar que no recorro el centro comercial desde hace muchos años. Cerrado, lo sospeché, pero no importa porque mi libro es de esos que buscas los espacios de espera para leer.
Pasan 30 minutos y abren las puertas. Voy hacia la ventanilla del primer trámite, entrego los papeles y me indican que esa agencia no hacen esa gestión. Paciencia. No me desespero solo pienso "está bien", tendré que ir a la otra agencia, pero de todas formas pagaré el servicio básico. Hago la fila de tres minutos y la señorita que me atiende me dice que no tiene suelto, que espere a otra ventanilla. Espero. Voy a la siguiente y la otra señorita me dice que no tienen servicio para pagar servicios básicos porque hasta hoy trabajan en esa agencia que la van a remodelar (por esa razón tampoco pude hacer el otro trámite solo que la primera señorita no supo explicarme)
Paciencia. Inexplicablemente no siento rabia o desesperación y pienso en el siguiente paso. Me dijeron que la agencia donde hacen el trámite es cerca, llamo a mi amiga y me dice que puedo ir caminando pero teme que me pierda, que si cojo un taxi me cobrará solo 1 dólar. Por otro lado pienso que de una vez debería pagar la luz en otro banco entonces camino dentro de Quicentro, llego a otro banco. Las puertas cerradas, este abre a las 10:00. Espero, entro, pago.
Al menos un trámite listo, pienso. Ahora debo ir al CCI. Desobedezco a mi amiga y camino. Disfruto caminar, casi no lo he hecho desde que llegué y observar la carretilla de mote y la señora con traje indígena sentada en la vereda comiéndolo, me recuerda que amo la calle. Llego al otro centro comercial. En el parqueadero veo que esas paletas con la temperatura marca 24 grados. ¡Con razón me ahogo! Como estaba caminando sentía solo el viento pero ahora que me detengo, el calor invade mi cuerpo. El suéter de lana y el contacto de él con la mochila -que cada vez me pesa más- me producen la sensación de caminar en Guayaquil.
Llego al banco, finalmente. Casi no hay fila, espero cinco minutos y me atienden. El papeleo dura 15 minutos. No tengo apuro, el calor corporal ha disminuido pero miro el reloj y siento un leve dolor en el estómago, producto de la preocupación, creo. Son casi las 11 y ayer solo le dije a mi editora que haría el trámite pero no que llegaría con tantas horas de atraso.
Para qué preocuparme de eso, pienso, si ya esto aquí. Mejor termino de firmar y me voy. Me fui. Camino de regreso hacia la parada de bus y a mitad del recorrido suena mi celular: es el agente del banco que se disculpa porque olvidó hacerme firmar unos papeles que, sin ellos, no puede aperturar mi cuenta. Que regrese en ese momento. Paciencia. El calor se intensifica y aunque ya no tengo el suéter puesto siento cómo la mochila se pega a mi espalda.
Regreso al banco, firmo y me voy de nuevo. Mi humor continúa de la misma manera desde que me levanté: tranquila y alegre. Cada obstáculo hasta ahora ha sido un suspiro, nada más, siento que mi ánimo no ha cambiado y eso me motiva a seguir con la sonrisa en mi cara.
Salgo del centro comercial y decido que para no atrasarme (más) puedo tomar un taxi que me deje en una parada de bus cercana. No ha sido tan cercana pienso mientras nos dirigimos en el taxi. Esto de no saber las direcciones todavía es un problema. ¿Cuánto es? Con dos dólares en mano, pensando que puede ser menos, el taxista responde: 2,80. Quizás mi acento de mona o tal vez mi inseguridad al indicarle dónde quería que me lleve, quien sabe. Pero pago, solo quiero llegar al trabajo.
Han pasado tres horas y más desde que me levanté y mi estómago pide una fruta. Mientras espero en la estación que el bus llegue, pienso en el guineo que tengo en la mochila y que comeré en el largo trayecto que aún me espera recorrer. Llega el bus, me siento y alzo la mirada; leo el aviso de no comer. Paciencia.
Hace un par de años tan solo uno de estos obstáculos hubiera causado ese sentimiento de ira que se manifiesta en el hígado, ese dolorcito que a veces es inevitable pero que hoy comprobé que sí se puede evitar. Todo lo que sucedió hoy no es culpa ni de la cajera 1, ni de la cajera 2 ni del agente del otro banco, ni del taxista. Creo que tampoco es culpa mía, solo es mi karma. Sé que hoy la vida quiere enseñarme algo mediante pruebas. Quiere enseñarme la paciencia.
* Este post fue escrito en el cel en el trayecto de aquella parada de bus hasta el trabajo. Sí, es un viaje bastante largo.
Antes de salir de casa, mi amiga me convence para ir al gimnasio después del trabajo. Hago un bolso: zapatos de caucho, otro suéter, lycra, camiseta. Parece liviano pero sumado a la cartera con mi libro, libretas (sí, una es para el trabajo y otra para mis apuntes), billetera, ipod, etc...pesa.
Salgo de casa acompañada y me quedo en la parada (cerca del banco) sola, mi amiga sigue su rumbo. Me encargó que pague la luz entonces ahora son dos trámites. Llego a Quicentro y preguntando llego al banco. Es importante recalcar que no recorro el centro comercial desde hace muchos años. Cerrado, lo sospeché, pero no importa porque mi libro es de esos que buscas los espacios de espera para leer.
Pasan 30 minutos y abren las puertas. Voy hacia la ventanilla del primer trámite, entrego los papeles y me indican que esa agencia no hacen esa gestión. Paciencia. No me desespero solo pienso "está bien", tendré que ir a la otra agencia, pero de todas formas pagaré el servicio básico. Hago la fila de tres minutos y la señorita que me atiende me dice que no tiene suelto, que espere a otra ventanilla. Espero. Voy a la siguiente y la otra señorita me dice que no tienen servicio para pagar servicios básicos porque hasta hoy trabajan en esa agencia que la van a remodelar (por esa razón tampoco pude hacer el otro trámite solo que la primera señorita no supo explicarme)
Paciencia. Inexplicablemente no siento rabia o desesperación y pienso en el siguiente paso. Me dijeron que la agencia donde hacen el trámite es cerca, llamo a mi amiga y me dice que puedo ir caminando pero teme que me pierda, que si cojo un taxi me cobrará solo 1 dólar. Por otro lado pienso que de una vez debería pagar la luz en otro banco entonces camino dentro de Quicentro, llego a otro banco. Las puertas cerradas, este abre a las 10:00. Espero, entro, pago.
Al menos un trámite listo, pienso. Ahora debo ir al CCI. Desobedezco a mi amiga y camino. Disfruto caminar, casi no lo he hecho desde que llegué y observar la carretilla de mote y la señora con traje indígena sentada en la vereda comiéndolo, me recuerda que amo la calle. Llego al otro centro comercial. En el parqueadero veo que esas paletas con la temperatura marca 24 grados. ¡Con razón me ahogo! Como estaba caminando sentía solo el viento pero ahora que me detengo, el calor invade mi cuerpo. El suéter de lana y el contacto de él con la mochila -que cada vez me pesa más- me producen la sensación de caminar en Guayaquil.
Llego al banco, finalmente. Casi no hay fila, espero cinco minutos y me atienden. El papeleo dura 15 minutos. No tengo apuro, el calor corporal ha disminuido pero miro el reloj y siento un leve dolor en el estómago, producto de la preocupación, creo. Son casi las 11 y ayer solo le dije a mi editora que haría el trámite pero no que llegaría con tantas horas de atraso.
Para qué preocuparme de eso, pienso, si ya esto aquí. Mejor termino de firmar y me voy. Me fui. Camino de regreso hacia la parada de bus y a mitad del recorrido suena mi celular: es el agente del banco que se disculpa porque olvidó hacerme firmar unos papeles que, sin ellos, no puede aperturar mi cuenta. Que regrese en ese momento. Paciencia. El calor se intensifica y aunque ya no tengo el suéter puesto siento cómo la mochila se pega a mi espalda.
Regreso al banco, firmo y me voy de nuevo. Mi humor continúa de la misma manera desde que me levanté: tranquila y alegre. Cada obstáculo hasta ahora ha sido un suspiro, nada más, siento que mi ánimo no ha cambiado y eso me motiva a seguir con la sonrisa en mi cara.
Salgo del centro comercial y decido que para no atrasarme (más) puedo tomar un taxi que me deje en una parada de bus cercana. No ha sido tan cercana pienso mientras nos dirigimos en el taxi. Esto de no saber las direcciones todavía es un problema. ¿Cuánto es? Con dos dólares en mano, pensando que puede ser menos, el taxista responde: 2,80. Quizás mi acento de mona o tal vez mi inseguridad al indicarle dónde quería que me lleve, quien sabe. Pero pago, solo quiero llegar al trabajo.
Han pasado tres horas y más desde que me levanté y mi estómago pide una fruta. Mientras espero en la estación que el bus llegue, pienso en el guineo que tengo en la mochila y que comeré en el largo trayecto que aún me espera recorrer. Llega el bus, me siento y alzo la mirada; leo el aviso de no comer. Paciencia.
Hace un par de años tan solo uno de estos obstáculos hubiera causado ese sentimiento de ira que se manifiesta en el hígado, ese dolorcito que a veces es inevitable pero que hoy comprobé que sí se puede evitar. Todo lo que sucedió hoy no es culpa ni de la cajera 1, ni de la cajera 2 ni del agente del otro banco, ni del taxista. Creo que tampoco es culpa mía, solo es mi karma. Sé que hoy la vida quiere enseñarme algo mediante pruebas. Quiere enseñarme la paciencia.
* Este post fue escrito en el cel en el trayecto de aquella parada de bus hasta el trabajo. Sí, es un viaje bastante largo.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Vengo y voy
Gitana o nómada. Recibo los calificativos con dosis de humor. Sé que ninguno tiene carga ofensiva pero sé también que quienes lo repiten no comparten mi decisión de moverme constantemente. Guayaquil, Lima, Quito; he dividido el año en estas tres ciudades.
“Qué pereza empacar y desempacar; qué pena hacer amigos y dejarlos al rato; qué feo perderte fechas importantes de tus seres queridos”. Este tipo de comentarios son los argumentos para convencerme que me quede en mi ciudad, que no me mueva, que me establezca de una vez. Cuando reviso esas frases supuestamente persuasivas, me doy cuenta que comparten una esencia: el miedo.
Lanzarse al vacío, temor a equivocarse, expectativas a lo desconocido, etc. Todas las ideas son creadas por la mente y así mismo, creo, deberían ser reemplazadas. No soy quién para convencer a otros a que den ese paso –irse a otro lado, radicarse temporalmente en otra ciudad- pero sí puedo compartir lo que significa para mí vivir en un lugar ajeno al que nací.
La perspectiva cambia, la mirada se vuelve ingenua, más auténtica; la sorpresa ante lo desconocido caracteriza cada día. Cuando lo nuevo se vuelve hábito, existe la opción de cambiar, de nuevo. Cambiar de rutas para llegar a un lugar, cambiar de medio de transporte, cambiar.
El miedo, creo, radica ahí. En esa transformación del orden establecido. Es cierto que el status quo brinda una suerte de seguridad, pero es un confort efímero que, aunque nos resistamos, se acabará alguna vez. Pensar que por esa sensación de no tener todo bajo control la gente deja de vivir estas experiencias.
Caminar por las calles desconocidas sin temor a perderme. Escuchar palabras nuevas, luego preguntar su significado y terminar –inconscientemente- empleándolas en mi vocabulario. Responder a un peatón una dirección que sorprendentemente sé y que no me he dado cuenta cuándo la aprendí. Descubrir detalles en las calles que pasas a diario, en las paredes que miras todos los días desde la ventana del bus. Conocer a personas con historias fascinantes, aprender de ellas, enseñarles cosas también.
Es refrescante y mágico. No es cansado ni aburrido. El hecho en sí, mudarse, es solamente un cambio más. Los prejuicios y demás obstáculos que las personas argumentan para no hacerlo les quitan una oportunidad que, considero, todos deberían vivir alguna vez.
“Qué pereza empacar y desempacar; qué pena hacer amigos y dejarlos al rato; qué feo perderte fechas importantes de tus seres queridos”. Este tipo de comentarios son los argumentos para convencerme que me quede en mi ciudad, que no me mueva, que me establezca de una vez. Cuando reviso esas frases supuestamente persuasivas, me doy cuenta que comparten una esencia: el miedo.
Lanzarse al vacío, temor a equivocarse, expectativas a lo desconocido, etc. Todas las ideas son creadas por la mente y así mismo, creo, deberían ser reemplazadas. No soy quién para convencer a otros a que den ese paso –irse a otro lado, radicarse temporalmente en otra ciudad- pero sí puedo compartir lo que significa para mí vivir en un lugar ajeno al que nací.
La perspectiva cambia, la mirada se vuelve ingenua, más auténtica; la sorpresa ante lo desconocido caracteriza cada día. Cuando lo nuevo se vuelve hábito, existe la opción de cambiar, de nuevo. Cambiar de rutas para llegar a un lugar, cambiar de medio de transporte, cambiar.
El miedo, creo, radica ahí. En esa transformación del orden establecido. Es cierto que el status quo brinda una suerte de seguridad, pero es un confort efímero que, aunque nos resistamos, se acabará alguna vez. Pensar que por esa sensación de no tener todo bajo control la gente deja de vivir estas experiencias.
Caminar por las calles desconocidas sin temor a perderme. Escuchar palabras nuevas, luego preguntar su significado y terminar –inconscientemente- empleándolas en mi vocabulario. Responder a un peatón una dirección que sorprendentemente sé y que no me he dado cuenta cuándo la aprendí. Descubrir detalles en las calles que pasas a diario, en las paredes que miras todos los días desde la ventana del bus. Conocer a personas con historias fascinantes, aprender de ellas, enseñarles cosas también.
Es refrescante y mágico. No es cansado ni aburrido. El hecho en sí, mudarse, es solamente un cambio más. Los prejuicios y demás obstáculos que las personas argumentan para no hacerlo les quitan una oportunidad que, considero, todos deberían vivir alguna vez.
martes, 26 de julio de 2011
El verdadero burócrata
Hoy tuve que ir al Consejo Nacional Electoral para pagar la multa por no haber podido votar -estaba en Lima y cuando me di cuenta que no podía solo ir al Consulado el día de la consulta, sino que debía empadronarme una semana antes era muy tarde, por gil- y debo confesar que no me demoré más de cinco minutos, muy eficiente el servicio, pero esa es otra historia.
Cuando caminaba por el estacionamiento intenté recordar la última vez que visité aquella dependencia pública y saltó a mi mente: año 2008, redactora de El Telégrafo. No recuerdo el mes pero sí de qué iba el reportaje: quería averiguar qué pasaba con el dinero que el CNE -en ese entonces TSE- prometía a los ciudadanos por cumplir su deber y ser miembros de cada Junta Receptora de Voto. Había averiguado que eran 5 dólares los que el TSE te pagaba por las ¿12? horas de trabajo (recuerden que han habido elecciones para elegir a todos los representantes -locales, nacionales- de golpe) entonces me dispuse a investigar cuántos ciudadanos cobraban ese rubro porque yo, que estuve dos veces en mesa, jamás había visto un centavo al final de la jornada entonces supuse que era un pago pos-día de las elecciones.
Entré a una oficina antigua para entrevistar al entonces presidente provincial, un señor con apellido pomposo que sé que algunos recordarán. No tenía referencia alguna de él ya que esos cargos carecen de mayor importancia en la práctica. Su secretaria abrió la puerta, él sentado detrás de su escritorio, frente a su computador, no se inmutó, hasta que ella me presentó y dijo -sin quitar la mirada de la pantalla- que pase, que pase. Me senté y, ya de cerca, noté que su extrema concentración -que por semisegundos admiré porque creí que era un hombre tan entregado a su trabajo que debía terminar de gestionar "algo"- era para elegir qué carta ubicar sobre otra carta. Sí, el hombre estaba jugando solitario en su computadora, no me había estrechado la mano aún, ni siquiera visto a los ojos, pero sí se tomó la osadía de decirme "que lo espere un ratito".
Esperé. Finalmente puso minimizar y se dirigió con el tan común "dígame". Empecé a plantearle mis dudas sobre el destino de ese dinero, sobre cuántas personas venían a cobrarlo, sobre qué pasaba con el dinero que no era cobrado. Parafraseando sus respuestas, que tuve que sacarlas con anzuelo y pinza, me dijo: "Son cinco dólares, no es nada, a la gente le cuesta más el bus de venida hasta acá y de regreso a sus casas, que cinco dólares. Es mínimo, eso no le sirve a nadie. No sé cuántos vienen a cobrar, esos datos deben estar en estadísticas. No sé qué pasa con la plata que no es cobrada pero es muy poca, le aseguro que es muy poca". Por supuesto que entre mi indignación y desentendimiento le rebatí cada una de sus respuestas pero él me miraba por debajo del hombro diciéndome entre líneas que lo deje en paz jugar su juego.
Olvidé mencionar que ya había hablado con estadísticas para averiguar sobre cuántas personas habían cobrado los 5 dólares, pero para variar un poco no tenían el sistema actualizado. También olvidé decir que mientras le hacía las preguntas, él retomó su partida de solitario. Mientras yo parecía loro repitiendo la misma idea de diferentes maneras para obtener al menos un breve testimonio, él -para rematar- estaba echado (desparramado) en estas sillas anchas de oficina, yo podía ver su camisa tensada por su rebosante panza que de cuando en vez rascaba.
Pasaron 15 minutos, no más, y le agradecí (jamás pierdo la cordialidad aunque no sé cómo la mantuve en esta ocasión) y me marché. Llegué al diario tan indignada y mis compañeros solo se reían. Comprendí que esas cosas suelen pasar, que no todas las fuentes te dirán lo que necesitas saber, eso es obvio, pero lo que también presencié muy de cerca, la jornada de un burócrata de verdad.
Cuando caminaba por el estacionamiento intenté recordar la última vez que visité aquella dependencia pública y saltó a mi mente: año 2008, redactora de El Telégrafo. No recuerdo el mes pero sí de qué iba el reportaje: quería averiguar qué pasaba con el dinero que el CNE -en ese entonces TSE- prometía a los ciudadanos por cumplir su deber y ser miembros de cada Junta Receptora de Voto. Había averiguado que eran 5 dólares los que el TSE te pagaba por las ¿12? horas de trabajo (recuerden que han habido elecciones para elegir a todos los representantes -locales, nacionales- de golpe) entonces me dispuse a investigar cuántos ciudadanos cobraban ese rubro porque yo, que estuve dos veces en mesa, jamás había visto un centavo al final de la jornada entonces supuse que era un pago pos-día de las elecciones.
Entré a una oficina antigua para entrevistar al entonces presidente provincial, un señor con apellido pomposo que sé que algunos recordarán. No tenía referencia alguna de él ya que esos cargos carecen de mayor importancia en la práctica. Su secretaria abrió la puerta, él sentado detrás de su escritorio, frente a su computador, no se inmutó, hasta que ella me presentó y dijo -sin quitar la mirada de la pantalla- que pase, que pase. Me senté y, ya de cerca, noté que su extrema concentración -que por semisegundos admiré porque creí que era un hombre tan entregado a su trabajo que debía terminar de gestionar "algo"- era para elegir qué carta ubicar sobre otra carta. Sí, el hombre estaba jugando solitario en su computadora, no me había estrechado la mano aún, ni siquiera visto a los ojos, pero sí se tomó la osadía de decirme "que lo espere un ratito".
Esperé. Finalmente puso minimizar y se dirigió con el tan común "dígame". Empecé a plantearle mis dudas sobre el destino de ese dinero, sobre cuántas personas venían a cobrarlo, sobre qué pasaba con el dinero que no era cobrado. Parafraseando sus respuestas, que tuve que sacarlas con anzuelo y pinza, me dijo: "Son cinco dólares, no es nada, a la gente le cuesta más el bus de venida hasta acá y de regreso a sus casas, que cinco dólares. Es mínimo, eso no le sirve a nadie. No sé cuántos vienen a cobrar, esos datos deben estar en estadísticas. No sé qué pasa con la plata que no es cobrada pero es muy poca, le aseguro que es muy poca". Por supuesto que entre mi indignación y desentendimiento le rebatí cada una de sus respuestas pero él me miraba por debajo del hombro diciéndome entre líneas que lo deje en paz jugar su juego.
Olvidé mencionar que ya había hablado con estadísticas para averiguar sobre cuántas personas habían cobrado los 5 dólares, pero para variar un poco no tenían el sistema actualizado. También olvidé decir que mientras le hacía las preguntas, él retomó su partida de solitario. Mientras yo parecía loro repitiendo la misma idea de diferentes maneras para obtener al menos un breve testimonio, él -para rematar- estaba echado (desparramado) en estas sillas anchas de oficina, yo podía ver su camisa tensada por su rebosante panza que de cuando en vez rascaba.
Pasaron 15 minutos, no más, y le agradecí (jamás pierdo la cordialidad aunque no sé cómo la mantuve en esta ocasión) y me marché. Llegué al diario tan indignada y mis compañeros solo se reían. Comprendí que esas cosas suelen pasar, que no todas las fuentes te dirán lo que necesitas saber, eso es obvio, pero lo que también presencié muy de cerca, la jornada de un burócrata de verdad.
viernes, 24 de junio de 2011
Gris eterno
Amanece así. Medio día así. De tarde así. El color indeciso invade el cielo de Lima. Inútilmente espero que salga el sol, como cuando amanece nublado en Guayaquil y en algún momento del día un par de rayos cortan en dos las nubes. Acá no. Ha llegado el invierno, me dicen. Es obvio, pienso. Caigo en cuenta que nunca he vivido periodos largos en un lugar con este clima. Así tan gris, porque no solo es el frío o la garúa casi imperceptible, es ese cielo que convierte al invierno en una estación que creo, no quiero que llegue.
"Me gusta Lima de esta forma", me confiesa una amiga de aquí. A mí no, pienso. Prefiero recordarla soleada y calurosa. Quiero quedarme con la idea de una Lima veraniega. Enero, febrero y marzo cuando las nubes no son admitidas en el profundo azul.
Me voy a tiempo de esta ciudad que de ser ajena pasó a ser muy cercana. Me voy con el recuerdo que he decidido elegir y que es contraria a la de los poetas, escritores y músicos que se inspiran en el eterno gris. Yo no. Para mí, Lima es soleada. Lima es linda.
"Me gusta Lima de esta forma", me confiesa una amiga de aquí. A mí no, pienso. Prefiero recordarla soleada y calurosa. Quiero quedarme con la idea de una Lima veraniega. Enero, febrero y marzo cuando las nubes no son admitidas en el profundo azul.
Me voy a tiempo de esta ciudad que de ser ajena pasó a ser muy cercana. Me voy con el recuerdo que he decidido elegir y que es contraria a la de los poetas, escritores y músicos que se inspiran en el eterno gris. Yo no. Para mí, Lima es soleada. Lima es linda.
martes, 21 de junio de 2011
Regresar
Qué pena haber dejado tanto tiempo abandonado este espacio. En pocas semanas retomaré el blog y no importa que las situaciones ya hayan pasado, de todas formas hay algunas que no quiero olvidar, que quiero documentar: dos mujeres que abandonaron la quimioterapia porque sentían que las mataba y optaron por tratamiento alternativos. Están vivas y felices. Por otro lado, una visita a la cárcel y la historia de una mujer que durante siete meses acude cinco veces por semana a este indigno sitio donde tratan a las visitas como delincuentes. Eso por el lado de temas. Por el periodismo, también, novedades como siempre, anécdotas, malestares de un ambiente que a veces se llena de aire denso, solo a veces, pero pasa, como todo pasa. Volveré pronto. Como no soy una persona resentida, creo que el blog tampoco debe serlo.
martes, 26 de abril de 2011
Los astros me apoyan
Hoy, 26 de abril, consulté como lo hago usualmente, la página www.astro.com que te da un horóscopo personalizado, no general así "piscis" sino que responde a los datos que ingresas para tu carta astral. Los que no han ingresado y les interese la astrología o explorarla, curiosearla, háganlo. Bueno quise poner este post porque lo que "dice" mi horóscopo diario me encantó y es precisamente como me he sentido últimamente:
En este momento le atraerá cualquier técnica que le ayude a abrir aspectos nuevos del universo.
Una manifestación algo diferente es que se involucre con movimientos de reforma social. Usted ve que el mundo no funciona como debiera y quiere trabajar duro para cambiar las condiciones de vida de los menos afortunados. Aunque sus objetivos son idealistas, no están tan lejos de la realidad. Puede trabajar con una situación tal como es para provocar los cambios que desea. Sus actividades en estos asuntos pueden oscilar entre un enfoque relativamente conservador de trabajo con los pobres, enfermos o discapacitados en los hospitales u otras instituciones, hasta trabajar con grupos con objetivos mucho más revolucionarios.
En este momento le atraerá cualquier técnica que le ayude a abrir aspectos nuevos del universo.
Una manifestación algo diferente es que se involucre con movimientos de reforma social. Usted ve que el mundo no funciona como debiera y quiere trabajar duro para cambiar las condiciones de vida de los menos afortunados. Aunque sus objetivos son idealistas, no están tan lejos de la realidad. Puede trabajar con una situación tal como es para provocar los cambios que desea. Sus actividades en estos asuntos pueden oscilar entre un enfoque relativamente conservador de trabajo con los pobres, enfermos o discapacitados en los hospitales u otras instituciones, hasta trabajar con grupos con objetivos mucho más revolucionarios.
lunes, 25 de abril de 2011
Arbitraria
Esta columna de la periodista Leila Guerriero es, como todos sus trabajos, espectacular. Inspirémonos, disfrutémosla:
No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado Cómo convertirse en escritora, incluido en su libro Autoayuda: “Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven -digamos, a los catorce“. Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo no, ninguno, nada.
Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.
Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael. Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expóngase a chorros de emoción ajena.
Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.
Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.
Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar “casa”.
Tengan paciencia porque todo está ahí: sólo necesitan la complicidad del tiempo. Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.
Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.
Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.
Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.
Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan.
Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos.
Resístanse al deseo de olvidar.
Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.
Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen.
Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.
Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya: “Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas”.
Vivan en una ciudad enorme.
No se lastimen.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.
Leila Guerriero es periodista argentina, ha publicado en diversos medios del extranjero y es autora de Los suicidas del fin del mundo.
No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado Cómo convertirse en escritora, incluido en su libro Autoayuda: “Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven -digamos, a los catorce“. Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo no, ninguno, nada.
Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.
Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael. Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expóngase a chorros de emoción ajena.
Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.
Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.
Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar “casa”.
Tengan paciencia porque todo está ahí: sólo necesitan la complicidad del tiempo. Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.
Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.
Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.
Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.
Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan.
Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos.
Resístanse al deseo de olvidar.
Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.
Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen.
Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.
Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya: “Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas”.
Vivan en una ciudad enorme.
No se lastimen.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.
Leila Guerriero es periodista argentina, ha publicado en diversos medios del extranjero y es autora de Los suicidas del fin del mundo.
domingo, 24 de abril de 2011
Cinco cosas que (creo que) los peruanos quisieran olvidar de la campaña presidencial
A continuación una breve lista de ideas que quiero compartir por su contenido tragicómico. Es parte de mi lectura guayaquileña sobre la campaña en Lima.




1. La sonrisa de Luis Castañeda: Así se esfuerce en lucir sincero y espontáneo, la unión de su maxilar inferior y superior con los dientes al descubierto solo puede comunicar una cosa: hipocresía.
2. La flauta de PPK: Para suplir su carencia de orador -no solo no puede hablar fluido y hace eternas pausas sino que su acento agringado no lo ayuda-, el candidato más viejo (73 años) pretendía ganar votos con sus habilidades musicales. Elegía la flauta traversa y aunque sus raíces alemanas no son precisamente de Hamelin, confiaba que el poder de la melodía convenza al pueblo.
3. Gina Pacheco: Sé que es cruel solo nombrarla y no citar alguna característica de ella. Creo que el testimonio de la ex enfermera de Alberto Fujimori la sepultó. Cuando le preguntaron sobre su incursión en la política atinó a decir: No sé nada de política pero puedo aprender. Soy fiel a Alberto y él me ha dicho que postule en su lista, que tengo el derecho. Recordemos que Gina postuló para el Congreso son Fuerza 2011, el partido de Keiko. La candidata presidencial nunca estuvo de acuerdo que ella pertenezca a su lista e invalidó su candidatura. Semanas después el Consejo Nacional de Elecciones reconoció el derecho de Gina reincluyéndola en la lista. La enfermera que no sabía (ni sabe) nada de política estuvo en las planchas anaranjadas. Los peruanos, sin embargo, no le dieron su voto.
4. Meche Aráoz: Todavía hay afiches propagandísticos de la candidata presidencial del Apra en las calles de Lima, a pesar de que retiró su postulación a la candidatura la segunda semana de enero. Meche fue la punta del iceberg que luego se fue desmantelando en el (antes muy prestigioso y respetado) Apra -partido del gobierno actual- que luego de los conteos oficiales quedó solo con 4 representantes en el Congreso.
5. La canción de campaña de Keiko: Siguiendo su línea populista, la hija del inolvidable presidente Fujimori escogió a la artista folclórica Nina Paucar, para que interpretara su canción de campaña. No diré más, este video habla solo:
http://www.youtube.com/watch?v=uY3h70WLF3U
1. La sonrisa de Luis Castañeda: Así se esfuerce en lucir sincero y espontáneo, la unión de su maxilar inferior y superior con los dientes al descubierto solo puede comunicar una cosa: hipocresía.
2. La flauta de PPK: Para suplir su carencia de orador -no solo no puede hablar fluido y hace eternas pausas sino que su acento agringado no lo ayuda-, el candidato más viejo (73 años) pretendía ganar votos con sus habilidades musicales. Elegía la flauta traversa y aunque sus raíces alemanas no son precisamente de Hamelin, confiaba que el poder de la melodía convenza al pueblo.
3. Gina Pacheco: Sé que es cruel solo nombrarla y no citar alguna característica de ella. Creo que el testimonio de la ex enfermera de Alberto Fujimori la sepultó. Cuando le preguntaron sobre su incursión en la política atinó a decir: No sé nada de política pero puedo aprender. Soy fiel a Alberto y él me ha dicho que postule en su lista, que tengo el derecho. Recordemos que Gina postuló para el Congreso son Fuerza 2011, el partido de Keiko. La candidata presidencial nunca estuvo de acuerdo que ella pertenezca a su lista e invalidó su candidatura. Semanas después el Consejo Nacional de Elecciones reconoció el derecho de Gina reincluyéndola en la lista. La enfermera que no sabía (ni sabe) nada de política estuvo en las planchas anaranjadas. Los peruanos, sin embargo, no le dieron su voto.
4. Meche Aráoz: Todavía hay afiches propagandísticos de la candidata presidencial del Apra en las calles de Lima, a pesar de que retiró su postulación a la candidatura la segunda semana de enero. Meche fue la punta del iceberg que luego se fue desmantelando en el (antes muy prestigioso y respetado) Apra -partido del gobierno actual- que luego de los conteos oficiales quedó solo con 4 representantes en el Congreso.
5. La canción de campaña de Keiko: Siguiendo su línea populista, la hija del inolvidable presidente Fujimori escogió a la artista folclórica Nina Paucar, para que interpretara su canción de campaña. No diré más, este video habla solo:
http://www.youtube.com/watch?v=uY3h70WLF3U
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