Mostrando entradas con la etiqueta Lima. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lima. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de abril de 2011

Perdida en sus teclas



Mi primer contacto fue lejano y breve. Me senté en una barra, el único sitio disponible en el bar Miunich*. Era viernes. Eran las 10. Habré estado una hora como máximo, pero fueron sesenta minutos que no le despegué la mirada. Le pregunté a mi acompañante su nombre y atinó a decirme "Whitman".

El segundo fue más largo y cercano. Me senté en una mesa frente a él. Él dándome la espalda por supuesto, pero yo igual lo contemplaba. Pero no solo con la mirada. Mientras tomaba una desagradable cerveza artesanal, que entre mi mejor amigo y yo habíamos elegido en el menú (era la única que no habíamos probado en este país ajeno y apostamos por hacerlo), me desconcentraba de su conversación por querer oir otra cosa. Por querer oir las notas que emergían de esas cuerdan tensadas produciendo melodías. Esa noche escuché la Zorba griega, La Chica de Ipanema, Chopin (no recuerdo cuál), El Cantante de Lavoe y unas cuantas romanticonas estilo Alejandro Sanz.

El tercero fue intenso. Me atreví. Me acerqué. Justo cuando interpretaba Let it be. Tal vez fueron los Beatles quienes me dieron el empujón, no sé. Solo sé que de repente ya estaba ahí. De pie, junto al piano. No quería interrumpirlo. Tanteé:

- ¿Es usted Mario Castro, verdad?

E inmediatamente me sentí tan idiota porque pude elegir un millar de frases o preguntas y escogí la más banal. (Ya le había preguntado al bartender su nombre, descubrí que la adivinanza de mi amiga al decir "Whitman" la noche anterior, correspondía a otros pianista que pasó por el bar durante dos meses, hace un par de años atrás). Me respondió asintiendo y me invitó a sentarme. Eran uno de sus microrecesos entre canción y canción, pero este duró quizás -por mi culpa- un poco más.

Empezó a despejar mis primeras curiosidades. Me contó que lleva 20 años tocando en el Miunich, que nunca tuvo clases particulares, que aprendió viendo y oyendo, que viene de lunes a sábado al bar. Yo lo escuchaba. Escuchaba su voz y su música porque comenzó a hablar mientras continuaba con sus melodías.

- ¿Qué quieres que toque?
- Me gustan los Beatles, me encantó la que tocó recién (Let it be)
- Mejor te toco una de Paul McCartney

Y lo hizo. Comenzó a deslizar rápida y ligeramente sus diez dedos sobre el teclado. Sus pulgares, índices, medios, anulares y meñiques parecían soldaditos corriendo en una pista blanca con gradas negras. Mis ojos clavados en sus regordetes dedos y sus rosadas y cortas uñas se perdían en cada sonido.

- ¿Sabes cuál es?
- Sí, Band on the run.

Me preguntó riendo y yo respondí, también, riendo. Ya estaba. La vergüenza, temor y demás sentimientos que me mantuvieron alejada de Mario habían desaparecido. Conversamos cerca de media hora hasta que noté que había dejado botados a mis amigos en la mesa. Me despedí, pero le prometí volver.

Volví al día siguiente. Fue mi cuarto encuentro. Extenso. Intenso. Fui sola, dispuesta a descubrir qué había detrás del pequeño, trigueño y sonriente señor que me había capturado con sus notas. Me saludó efusivamente y me invitó a sentarme en una silla junto al piano. No dudé. Mario, vestido de pantalón y saco gris, y una camisa azul con estampado hawaiano, también se sentó en su silla, diagonal y delante mío. Pero cerca.

Esperé que comience a tocar. No tuve que esperar mucho. Cuando Mario toma asiento frente al imponente instrumento es como si nada más importara. Por un momento su sonrisa -que acaba de regalarme- se borra y sus delgados labios se juntan. Saca la boca y frunce el ceño ligeramente. Su mirada persigue sus dedos que brincan de una escala a otra. A pesar de la rapidez de sus movimientos, el golpe en cada tecla es determinante y se conjuga con la anterior y siguiente nota creando maravillosas melodías. Mientras yo lo contemplo idiotizada, mi alrededor es un circo de barullos y chacotas. Los bebedores y comensales de todas las mesas se divierten entre ellos y pareciera que escuchar la melodía que Mario produce.

- ¿No le importa que no lo escuchen?
- Lo que pasa es que sí me escuchan, ya verás. Me reprende bromeando.

Y sus palabras son hechos. Termina de tocar ¿Lo ves? de Alejandro Sanz y los aplausos llegan de todas las mesas del bar.

- Si ves lo que te dije. Ríe.

Vuelve a su teclado y empieza con otra. La chica de Ipanema. Nuevamente. Ya lo había escuchado tocarla antes, entonces le pregunto si le gusta y contesta que sí pero que toca de todo.

- ¿Qué género prefiere tocar?
- Romántico. Yo soy una persona romántica. Por ejemplo este.

Y mientras me voy perdiendo, de nuevo, en su música, me comenta que es un bolero cubano.

- Pero la verdad es que me gusta tocar de todo. Me gusta la música. Para mí esto es para expresarme. Con esto yo me expreso. ¿Me entiende? Es como cuando uno habla, una cosa es hablar, otra cosa es gritar, otra cosa es hablar. Yo con este instrumento hablo, no es mi voz pero es mi expresión.

Pregunto cuándo se dio cuenta que la música significaba tanto para él y me cuenta que inició de adolescente, que una vez una tía le ofreció clases junto a su primo y un profesor de piano, que no pudo aceptar porque no tenía tiempo, que igual le gustaba el sonido del piano, que decidió tocarlo por su cuenta, que empezó a escucharlo y a leerlo, que al poco tiempo se dio cuenta ya sabía tocar.

Durante su infancia Mario no tuvo la oportunidad de recibir clases particulares. Cuando tenía 6 años quedó huérfano de padre y madre y sus primeros 11 años pasó entre un internado y la casa de su abuela. En el colegio había un piano que le dejaban tocar. Entonces se volvió aficionado. Dedicaba varias horas al día frente a ese enorme instrumento. A los 15 aprendió guitarra, a los 16 saxofón y así cada año hasta cumplir 19 fue aprendiendo el uso de varios instrumentos musicales. A los 17 su abuela murió pero para ese entonces ya había sido llamado a cumplir con el servicio militar.

- En el ejército también combinaba mis actividades con el piano. Un oficial se dio cuenta que era bueno y me invitó a formar parte de la banda. Luego me pidieron que también sea arreglista. Acepté ambas cosas, siempre acepté todo lo que tenía que ver con música. En esos años, durante el gobierno de Alan García, también fui el director de la orquesta de la escolta presidencial, estuve en algunos de esos eventos elegantes. Pero ya después me cansé de eso, pedí la baja y me la dieron.

Mario habla con naturalidad, cuenta cada uno de sus logros como si se tratara de una anécdota cualquiera. Mientras comparte sus vivencias no deja de entretener al resto de personas. Un joven se le acerca: "Maestro, tóquese amor, amor" y le deja un par de monedas al final de teclado. Termina lo que estaba interpretando y complace el pedido. Yo permanezco callada por un rato, quizás ha sido el silencio más largo desde que estoy a su lado hace ¿una hora? ya no sé. Sinceramente no quiero interrumpirlo, creo que ya lo he hecho reiteradas veces. Pero él sin detener su melodía voltea levemente su cabeza, abre los ojos con esfuerzo, alza las cejas. No dice nada pero su rostro me grita "¿Y?". Enseguida acompaña su gesto con "Pregunta no más".

- Veo que la gente se le acerca a pedirle canciones. ¿Toca todas las que le piden?
- Si me la sé sí, si no me la sé les pido que me traigan un disco con la canción y yo me la llevo a mi casa y la saco en el piano. Eso hice con un pata que me retó a que toque I´ve got a feeling. Creyó que no podría, pero pude. Él me grabó y lo subió a youtube, ¿no lo ha visto? tiene como mil visitas. Y ríe de nuevo.

- ¿Cuántas canciones se sabe entonces?
- No tengo idea, demasiadas, no llevo la cuenta.

Mario me responde y frente a él, su atril luce desnudo, ni una hoja, ni una partitura, ni una nota. Nada.

- Me las sé todas de memoria.
- Impresionante. ¿Y cuántas toca al día?

Alza su mirada y demora un par de segundos en contestar. Sus dedos siguen brincando en las teclas. No mira el teclado, mira el techo, luego el reloj, luego a mí. Pero no se equivoca. Toca Zorba el griego a la perfección y algunos de los presentes lo acompañan con las palmas.

- Deben ser como 15 por hora entonces unas 120 al día.

De lunes a jueves Mario trabaja de 6 y media a 12 de la noche. Los viernes y sábado se queda hasta las tres de la mañana. Los fines de semana, a las 11 de la noche, llega un amigo, un percusionista que acompaña sus melodías con una batería. Me cuenta que casi todas las noches al menos una pareja se para a bailar, hoy no hemos tenido suerte pero él me asegura que "más tarde".

- ¿No se cansa de tocar durante tanto tiempo?
- Si no me pagan si me canso. (Lanza una carcajada)
- ¿Y toca desde los 13 años, no ha tenido un receso?

Cuarenta y dos años de música. Tiene 55 y desde que descubrió que le encantaba este arte, se dedicó plenamente a él. No ha sido fácil, no. No es una profesión para ganar dinero, es una vocación que eligió y que no piensa abandonar. Me comenta que más gana en propinas que en sueldo fijo, pero en total sus ahorros le alcanzan para pagar un cuarto que alquila con su conviviente. Su conviviente, así se refiere a ella. Curiosa, sin querer parecer chismosa, pero curiosa, le pregunto:

- ¿Es su esposa?
- No, solo mi conviviente. Estuve casado antes. Dos veces. Tengo seis hijos. Dos nietos. Solo dos nietos. Mis hijos no me quieren dar más.
- ¿Los ve seguido?
- Sí peee, son mis hijos. A veces me visitan, a veces yo a ellos.
- De sus tres amores, ¿conquistó a alguna con el piano?

Nuevamente alza la mirada como quien buscara en el cielo las imágenes del pasado. Me confiesa que a la primera no. A ella la conoció cuando él apenas tenía 19, cuando recién ingresó al ejército. Formaron una familia rápidamente pero su matrimonio fue breve, no tiene tan buenos recuerdos pero prefiere no hablar más de ellos. A la segunda sí, puede ser que a ella le haya gustado por el piano, eso me dice. Pero la tercera no, ella ya lo conoció aparte.

- ¿Ha escuchado esa canción que dice todo comenzó por una mirada? Lo de nosotros fue todo comenzó por una hamburguesa. (Y se empieza a reír en complicidad)

Con su conviviente lleva recién dos años y confiesa que es feliz con ella.

- No es celosa, o sea ella sabe que yo puedo ser coqueto a veces usted me ve pero yo soy fiel y ella sabe eso.

Coqueto o no Mario me invita a tomar una cerveza. Un rato me pregunta "si me puede decir algo" y asiento: "Sabe que usted es una de las pocas mujeres que si se arregla un poquito se la ve bella". No entiendo qué quiere decir (porque no tengo una gota de maquillaje y las ojeras quieren tomarse mi cara) y no pregunto mucho solo atino a sonreír. Creo que capta mi incertidumbre y continúa: "O sea que usted así sin maquillaje se la ve bien pero si se pone no más una rayita (y hace la seña de delinearse los ojos) se la ve bella. Me río. Me sonrojo pero la luz tenue del lugar no permite que él lo note.

Sabe que soy de Ecuador porque durante nuestra tertulia entre melodías él también me ha interrogado. Me pregunta si ya he probado la comida peruana y me nombra una serie de platos con carnes y mariscos. No quiero decirle pero él insiste en que pruebe anticuchos.

- Soy vegetariana.
- ¡Ay, por favor!

Con su virada leve de cabeza me sonríe y guiña un poco el ojo. Me dice que me pierdo de lo más rico pero igual me pregunta qué me gusta comer y me recomienda una serie de sitios que cree que debo visitar. Como si fuera otra pregunta de rutina me cuestiona.

- ¿Sabes lo más lindo que tiene el ser humano?
- El corazón... (respondo sin pensarlo mucho, con el corazón precisamente)
- Sí, eso. Cuando uno actúa con el corazón, tiene buen corazón, eso se nota, se nota en los ojos de las personas, en la mirada. Cuando tienes buen corazón y haces las cosas que te gustan, las haces bien, todo el resto te sale bien.

----
* El bar se llama así, con la I entre la M y la U, el dueño luego me explicó que cambiaron el nombre por un tema de razón social)

Esa fue mi historia con Mario, aunque larga para algunos, corta para mí, sigue siendo resumida. La foto fue mi tercer encuentro, antes de acercarme a él. Les dejo también el link del video de youtube donde toca la canción de Black Eyed Peas: http://www.youtube.com/watch?v=MEnOKjEuv-c (por cierto no tiene mil visitas pero espero que pronto las tenga, ja)

martes, 19 de abril de 2011

Entre el suelo y el cielo




Entre mis actividades pendientes en Lima estaba visitar el cerro San Cristóbal. Un cerro que para los guayaquileños es el equivalente al Santa Ana pero solo por el hecho de que se puede ver toda la ciudad desde la cima. A diferencia del guayaquileño, el cerro limeño:
- solo puede ser visitado llegando en en carro o algún transporte (quizás caminando pero te demorarías mucho)
- no tiene una zona turística como las casitas de colores que disfrazan la fachada del nuestro
- es mucho más alto

Para llegar hasta ahí una amiga y yo fuimos a una de las calles céntricas para tomar el transporte. Mis expectativas eran nulas y creo que por eso fue tan emocionante el viajecito. Llegamos con las justas, a las 8 en punto de la noche. El bus mediano ya estaba lleno pero el chofer nos señaló que en el puesto de copiloto había dos asientos. Nos sentamos. Pagamos cinco soles (ni siquiera son 2 dólares). El bus arrancó y la acartonada voz de una mujer empezó a narrar sin descanso las descripciones de cada uno de los edificios que teníamos a nuestro alrededor. Un híbrido entre historia de los libros "oficiales", leyendas y de seguro el toque de ella. La bulla de los pasajeros me impedía escucharla bien pero iba fascinada transitando por otras calles que nunca antes había visto.

Antes de llegar a las faldas del cerro todo transcurría con normalidad. Justo al llegar, la primera advertencia. "Por favor guarden sus cámaras u objetos de valor y mejor cierren las ventanas, no nos responsabilizamos por objetos robados". Por dentro reí, por fuera no. No quise ser maleducada o insensible, pero la situación me resultó tragicómica. Frente a mí tenía el enorme parabrisas y una vista completamente privilegiada. Empezamos a subir y de hecho atravesamos un barrio popular. De los mismos que hay en Guayaquil y en el resto de ciudades latinoamericanas. Donde los niños juegan en medio de la calle a pesar de que los carros pasen rozándolos. Y es que aquí había una sola calle, estrecha, con baches, una sola vía.

Empezamos a subir la empinada loma y de repente en frente a nosotros, un mototaxi. Ninguno de los dos hizo luces, el mototaxi se hizo a un lado, metiéndose en un callejón dejando que el bus siga su ruta. Seguimos subiendo hasta dejar atrás este pequeño asentamiento. De repente solo oscuridad y seguía la estrecha vía. En vez de volverse dos vías o más ancha, parecía encogerse. Sin aviso previo (no sé porqué hubiera esperado un aviso solo que no me imaginé que pasaríamos por esa situación) el chofer giraba el volante para tomar una curva cerrada de un estrecho camino con un inmenso barranco sin ninguna baranda bordeando la vía. Sí, así, y la situación se repitió ni sé cuántas veces. La vista, maravillosa por supuesto. Cientos de miles de lucecitas debajo nuestro. Ahí abajo en ese abismo al que casi casi caíamos.

- ¿No le da miedo subir por este camino?, pregunto al conductor que tomaba una de las curvas con una sola mano.
- "No, llevo haciéndolo por diez años, claro que no me da miedo. Subo a veces hasta doce veces al día, lo mínimo es cinco", contesta como quien cuenta las veces que va al baño diariamente.

Río y lo felicito. Mi amiga, a mi lado, me apreta el brazo de cuando en vez. Los niños atrás gritan y se escuchan unos cuántos "¡ay!" entre los pasajeros.

Llegamos y el bus se parquea. Desde arriba la vista es alucinante. Se puede ver casi toda Lima. Como atracción turística hay una gigantesca cruz de luces que luce imponente frente a todos y que es vista desde la mayoría de los rincones de la ciudad. Una tienda de recuerdos, dos fotógrafos que ofrecen tomas al instante, una tienda de víveres donde compro dos chelas. Nada más ahí arriba. ¡Ah! Y silencio, por supuesto. Un agradable lugar para desconectarse de la ruidosa ciudad que sigue su rumbo ahí abajo, tan lejana pero a la vez tan cercana.

Ya no soy turista


¿En qué momento dejas de ser extranjera y te mimetizas con los demás habitantes de una ciudad ajena a la tuya? No creo que haya un patrón ni reglas fijas que determinen este paso entre preguntar dónde queda tal dirección en cada esquina, a saber qué combi (bus) debes coger para llegar a un huevo (muchos) lugares. Los paréntesis aquí también son claves porque aunque tres meses parezca poco tiempo para adoptar jerga local, no lo es. Si me paso escuchando palabras nuevas todo el tiempo y me gustan, las alquilo. Otro de los aspectos que te convierten en una más en una ciudad que no es tuya (ahora lo es en parte) es la inseguridad. Es una realidad triste que me hubiera gustado no mencionar pero creo que contribuye a la intención de este post.

Hace un mes, un sábado, me dirigía al cumpleaños de una amiga que vive al extremo de la cuidad. Para no ir sola, avancé al centro para encontrarme con otra amiga e ir juntas. Tomamos una combi en una calle bastante traficada y luego nos bajamos en una aún más traficada para tomar otra combi. Mi acompañante no sabía exactamente de qué lado de la gran avenida debíamos tomar el transporte entonces nos demoramos unos cinco minutos mientras ella intentaba recordar las indicaciones que la cumpleañera nos había dado para ir a su casa. Nuestra situación era: de pie en un paradero de bus, once de la noche, unas quince personas en el mismo sitio esperando, también, que pase un taxi o bus. De repente mi amiga mira a la izquierda y exclama ¡asuuu! (asumadre: hijueputa) y volteó y noto que se aproximaba una masa de hombres corriendo, a su lado dos camionetas de policía. Los carros que debían transitar por esa vía habían detenido su paso y una de las avenidas más traficadas de Lima se había convertido en una peatonal preferencial para esta estampida. "Es la barra brava", me dijo mi amiga. Y yo me quedé en las mismas.

No entendía nada. La situación empeoró porque noté que la gente a mi alrededor se aglomeraba entre ellos como queriendo protegerse. Otros también exclamaban palabras de miedo mientras observaban el paso de los hombres que intimidaban a los pocos que estabábamos ahí parados. Pregunté a mi amiga el contexto y, entre su miedo y nerviosismo, alcanzó a explicarme: las barras bravas de los dos equipos principales de Lima están conformadas por vándalos, siempre que salen del estadio rompen carros, roban carteras, son el temor de los presentes. Por eso los padres de familia han dejado de ir con sus hijos a ver los partidos de fútbol, por eso cada vez es más peligroso asistir a esos encuentros deportivos. Mi pregunta necia y absurda fue "pero si son bándalos por qué no están presos". Me explicó que siempre actúan en grupo, que hace un año y medio una decena se subió a una combi y una chica quiso bajarse y, sin más, la empujaron. La chica murió.

Pero ella y yo estábamos en la parada del bus. Esperando que la masa finalmente termine. Vi cómo un policía golpeó a uno de los fanáticos y lo empujó contra la pared con las manos en alto. Él tenía piedras en los bolsillos. Fueron las cosas que vi. Un grupo de la mancha también se cruzó en medio de quienes esperábamos nuestro tranposrte. Yo, mientras recitaba mantras, pensaba que lo peor que me podía pasar es que me roben y no sentía miedo. Tal vez porque no entendía tanto la situación o quizás porque al fin y al cabo estaba acompañada de mi amiga y de otras quince temerosas personas. La masa terminó de cruzar y nosotras tomamos el primer taxi que pasó. Mi amiga tuvo un dolor de cabeza que no le pasó sino después de una hora, estaba muy nerviosa y me pidió perdón varias veces por "hacerme pasar eso", yo en realidad no es que quise vivirlo, pero sinceramente no me importó (claro porque no llegó a mayores) porque sentí que viví lo que los limeños viven. Presencié los peligros a los que se enfrentan.

Presencié "otro peligro" también. Salía del diario con mi amigo fotógrafo, eran las 11 de la noche y a esa hora muchas veces es más seguro tomar combi que taxi, entonces avanzamos a Tacna, la avenida donde pasan todos los transportes. Ahí, parados esperando que llegue el nuestro, un jovencito apareció como un fantasma y asimismo se fue arranchándole a mi compañero una suerte de portacelular que colgaba transversalmente en su torso. Una delgada tirita sostenía ese bolsito, fue muy fácil de romper. Yo tenía en un hombro mi cartera en el otro mi lonchera. Fue un gran susto ahí sí. Nos fuimos en taxi al final.

Episodios. Unos más agradables que otros pero todos en el mismo recipiente: llenando de anécdotas cotidianas mis días limeños.

lunes, 11 de abril de 2011

Migración, aquí y allá

En Perú, en Ecuador y me imagino que en los demás países vecinos latinoaméricanos, la oficina de Migraciones es el lugar donde:

1. Se escucha hablar cinco idiomas diferentes
2. Ves gente con cara de preocupación
3. Ves buitres más conocidos como tramitadores que intentan ganarse la vida "agilitando" los trámites
4. Algunos permanencen sentados, se levantan dan un par de vueltas y se vuelven a sentar
5. Se entabla más de una amistad producto de la aburrida y larga espera
6. Unos pocos leen y pueden acabar un libro entero esperando su turno
7. El guardia sabe más información que el señor de la ventanilla
8. Los niños corren y dan vueltas alrededor de las filas de sillas
9. Pocos permanecen callados por horas y se entretienen observando fijamente al resto, desnunando a quien pasa
10. Una mujer grita nombres, nombres que todos esperan que sea el suyo
11. Gente revisa todos sus contactos del celular, borra los que no le sirven, agrega nuevos
12. Muchos fingen que hacen algo en el celular pero en realidad solo ven la pantalla, todo para evitar las miradas incómodas
13. Hay peleas y discusiones entre quienes hacen fila y quienes no la respetan
14. Se cruzan miradas. Miradas de complicidad, miradas de desconfianza.
15. Una periodista aprovecha para registrar su entorno.

sábado, 9 de abril de 2011

Un hindú en Lima

Su nombre es Dhananjay Patel pero para no complicarle la vida a los peruanos, pide que todos le llamen Jay. Llegó a Perú hace cinco años persiguiendo a un amor, su actual esposa. Se conocieron en India en 2001, ella -peruana- solía viajar muy a menudo al místico país oriental porque le encanta la cultura y todo lo que la India significa. Allá lo encontró a Jay, se enamoraron, pero ella tuvo que regresar. Los cuentos de hada no siempre aterrizan en el mundo que nosotros consideramos real. Luego de regresar a Lima ella viajó un par de veces para visitarlo hasta que finalmente en el 2006 Jay tomó la decisión: "Me vine a verla, para estar juntos, casarnos, y así fue".

Planeaba invertir en el mercado de la importación y exportación. En India, poseía un restaurante pero en Lima jamás se planteó continuar con ese negocio. Él no decidió, sin embargo, fueron sus conocidos y amigos que de favor en favor fueron encargándole platos de origen hindú porque quería probar la gastronomía de su país. Tal fue la acogida que formó un servicio de catering bajo pedido. "Lo hacía generalmente para grupos de extranjeros que venían a Lima y querían probar algo diferente", explica en su español mocho. Jay hable hindí e inglés, español también pero muy poco; desde que llegó no ha recibido clases porque afirma no tener tiempo suficiente. Elige, sin embargo, que la entrevista sea en español, "porque quiero practicarlo más". Si no es su atropellado castellano, es su fisionomía lo que lo delata como extranjero. Como "buen hindú" como diríamos los ecuatorianos, la piel de Jay es de esa pigmentación indefinida entre el caqui, amarillo y morado. Sus cejas parecen delineadas artificialmente y sus ojeras están ahí aún cuando ha dormido las horas suficientes.

En vista del éxito del catering a domicilio, decidió dar un salto más allá. En febrero del año pasado inauguró Mantra, el primer restaurante de comida hindú en Lima. El ambiente es un híbrido entre la decoración oriental y occidental. Él lo admite y dice que quiere pintar las paredes una naranja y otra roja, con un toque más hindú, pero su esposa se niega pues conoce al público peruano y afirma que no les gustará. Es por eso que a lo largo y ancho del local se puede encontrar figuras de Shiva, Shakti, Ganesh y en sus paredes están colgados un par de Batiks.

La música ambiental no es de la India propiamente dicha pero también alusiva a melodías orientales. La carta también revela esta fusión entre sus raíces y las de su esposa. El menú cuenta con opciones para carnívoros y vegetarianos. Jay ha sido vegetariano toda su vida por eso incluye una amplia variedad de platos para elegir. "Pongo cosas con carne porque los peruanos no pueden vivir sin la carne, me dicen qué horror estás loco, cómo no puedes comer carne", cuenta mientras su tosca expresión se suaviza con una agradable risa. Con o sin carne la característica presente en todos los platos, son los condimentos. Jay confiesa que entre 20 y 30 condimentos son condimentados en cada uno. El curry y cardamomo no faltan casi nunca; ambas son especias típicas de la India. La segunda, unan semilla cafecita con un dejo mentolado, es un ingrediente que no solo está en la comida salada sino es el toque especial de un exquisito helado con almendras y avellanas y, también, el secreto del Mantra Sour: un coctel que su apariencia es de pisco sour, pero su pisco ha sido macerado con esta particular semilla.

Otra novedad en el menú es el Lassie. Una bebida a base de yogurt, agua y alguna fruta. Esta vez fue mango. Al observar el flaco y largo vaso decorado con una cereza, creí que era un refresco o coctel que se lo tomaba solo, es decir sin la comida acompañándolo. Me equivoqué. Aunque es un poco dulce y no tan aguada, es la compañía de cualquier plato para los hindúes. La beben porque afirman que los ayuda a la digestión. "Mira, ese señor que acaba de llegar que es hindú, antes de elegir su plato principal, pidió lassies uno para su esposa e hijos". En efecto, el cliente bebió este brebaje antes y durante su almuerzo.

El hindí invade el menú. Todos los platos tienen un nombre en este idioma y junto a él, la traducción en español. El korma es lo que más piden, cuenta, ya sea de pollo, cordero o vegetales. La carta también tiene mariscos. Todas las carnes bien condimentadas. Mientras conversamos la familia hindú interrumpe, ya se va y quiere agradecerle a Jay por todo "estuvo riquísimo, como en nuestro país, realmente exquisito". El chef y dueño del local parece sonrojarse por dentro porque sus cachetes no delatan ningún signo de vergüenza, su sonrisa a medio hacer, en cambio, sí lo hace.

Todos las semanas Mantra recibe a clientes hindúes. Ya sea a través de Internet o de la Embajada de India en Lima, pero llegan. Y salen, salen fascinados porque encuentran en un país a más de 15 horas del suyo, comida exactamente igual a la que tanto extrañan.

Jay es un tipo sencillo que revela que el éxito de su restaurante no le quita el sueño. Al menos su ambición no la revela en su discurso. Confiesa que no creyó que el lugar tenga tanta acogida pero por supuesto le alegra que haya sido así. Es muy amable con sus clientes y empleados. Al bar tender lo deja experimentar con los tragos, ha sido él quien inventó el Mantra Sour y otros cocteles más. La armonía que Jay emana se siente también en su local. Creo yo que eso sucede cuando uno hace las cosas con dedicación sin esperar tanto a cambio, con pocas expectativas pero mucha entrega. Ese es Jay y así es su vida en Liam.

martes, 5 de abril de 2011

Vivir para servir



Christiane Ramseyer es la suiza a quien entrevisté hace dos meses, es una mujer demasiado adorable que tiene una fundación desde hace 30 años que ayuda a niños, madres y padres de familia de escasos recursos. Aquí su historia para los que quieran saber más:

Vivir para servir