viernes, 5 de agosto de 2011

Paciencia

Viernes, sexto día viviendo en Quito. Me despierto temprano, como lo he hecho desde que llegué. Cada día la madrugada ha sido por una razón distinta. Hoy es por un trámite, la apertura de una cuenta bancaria. No sé a qué hora abren la agencia donde me indicaron que vaya, pero igual le apuesto a las 9 de la mañana.

Antes de salir de casa, mi amiga me convence para ir al gimnasio después del trabajo. Hago un bolso: zapatos de caucho, otro suéter, lycra, camiseta. Parece liviano pero sumado a la cartera con mi libro, libretas (sí, una es para el trabajo y otra para mis apuntes), billetera, ipod, etc...pesa.

Salgo de casa acompañada y me quedo en la parada (cerca del banco) sola, mi amiga sigue su rumbo. Me encargó que pague la luz entonces ahora son dos trámites. Llego a Quicentro y preguntando llego al banco. Es importante recalcar que no recorro el centro comercial desde hace muchos años. Cerrado, lo sospeché, pero no importa porque mi libro es de esos que buscas los espacios de espera para leer.

Pasan 30 minutos y abren las puertas. Voy hacia la ventanilla del primer trámite, entrego los papeles y me indican que esa agencia no hacen esa gestión. Paciencia. No me desespero solo pienso "está bien", tendré que ir a la otra agencia, pero de todas formas pagaré el servicio básico. Hago la fila de tres minutos y la señorita que me atiende me dice que no tiene suelto, que espere a otra ventanilla. Espero. Voy a la siguiente y la otra señorita me dice que no tienen servicio para pagar servicios básicos porque hasta hoy trabajan en esa agencia que la van a remodelar (por esa razón tampoco pude hacer el otro trámite solo que la primera señorita no supo explicarme)

Paciencia. Inexplicablemente no siento rabia o desesperación y pienso en el siguiente paso. Me dijeron que la agencia donde hacen el trámite es cerca, llamo a mi amiga y me dice que puedo ir caminando pero teme que me pierda, que si cojo un taxi me cobrará solo 1 dólar. Por otro lado pienso que de una vez debería pagar la luz en otro banco entonces camino dentro de Quicentro, llego a otro banco. Las puertas cerradas, este abre a las 10:00. Espero, entro, pago.

Al menos un trámite listo, pienso. Ahora debo ir al CCI. Desobedezco a mi amiga y camino. Disfruto caminar, casi no lo he hecho desde que llegué y observar la carretilla de mote y la señora con traje indígena sentada en la vereda comiéndolo, me recuerda que amo la calle. Llego al otro centro comercial. En el parqueadero veo que esas paletas con la temperatura marca 24 grados. ¡Con razón me ahogo! Como estaba caminando sentía solo el viento pero ahora que me detengo, el calor invade mi cuerpo. El suéter de lana y el contacto de él con la mochila -que cada vez me pesa más- me producen la sensación de caminar en Guayaquil.

Llego al banco, finalmente. Casi no hay fila, espero cinco minutos y me atienden. El papeleo dura 15 minutos. No tengo apuro, el calor corporal ha disminuido pero miro el reloj y siento un leve dolor en el estómago, producto de la preocupación, creo. Son casi las 11 y ayer solo le dije a mi editora que haría el trámite pero no que llegaría con tantas horas de atraso.

Para qué preocuparme de eso, pienso, si ya esto aquí. Mejor termino de firmar y me voy. Me fui. Camino de regreso hacia la parada de bus y a mitad del recorrido suena mi celular: es el agente del banco que se disculpa porque olvidó hacerme firmar unos papeles que, sin ellos, no puede aperturar mi cuenta. Que regrese en ese momento. Paciencia. El calor se intensifica y aunque ya no tengo el suéter puesto siento cómo la mochila se pega a mi espalda.

Regreso al banco, firmo y me voy de nuevo. Mi humor continúa de la misma manera desde que me levanté: tranquila y alegre. Cada obstáculo hasta ahora ha sido un suspiro, nada más, siento que mi ánimo no ha cambiado y eso me motiva a seguir con la sonrisa en mi cara.

Salgo del centro comercial y decido que para no atrasarme (más) puedo tomar un taxi que me deje en una parada de bus cercana. No ha sido tan cercana pienso mientras nos dirigimos en el taxi. Esto de no saber las direcciones todavía es un problema. ¿Cuánto es? Con dos dólares en mano, pensando que puede ser menos, el taxista responde: 2,80. Quizás mi acento de mona o tal vez mi inseguridad al indicarle dónde quería que me lleve, quien sabe. Pero pago, solo quiero llegar al trabajo.

Han pasado tres horas y más desde que me levanté y mi estómago pide una fruta. Mientras espero en la estación que el bus llegue, pienso en el guineo que tengo en la mochila y que comeré en el largo trayecto que aún me espera recorrer. Llega el bus, me siento y alzo la mirada; leo el aviso de no comer. Paciencia.

Hace un par de años tan solo uno de estos obstáculos hubiera causado ese sentimiento de ira que se manifiesta en el hígado, ese dolorcito que a veces es inevitable pero que hoy comprobé que sí se puede evitar. Todo lo que sucedió hoy no es culpa ni de la cajera 1, ni de la cajera 2 ni del agente del otro banco, ni del taxista. Creo que tampoco es culpa mía, solo es mi karma. Sé que hoy la vida quiere enseñarme algo mediante pruebas. Quiere enseñarme la paciencia.

* Este post fue escrito en el cel en el trayecto de aquella parada de bus hasta el trabajo. Sí, es un viaje bastante largo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Vengo y voy

Gitana o nómada. Recibo los calificativos con dosis de humor. Sé que ninguno tiene carga ofensiva pero sé también que quienes lo repiten no comparten mi decisión de moverme constantemente. Guayaquil, Lima, Quito; he dividido el año en estas tres ciudades.

“Qué pereza empacar y desempacar; qué pena hacer amigos y dejarlos al rato; qué feo perderte fechas importantes de tus seres queridos”. Este tipo de comentarios son los argumentos para convencerme que me quede en mi ciudad, que no me mueva, que me establezca de una vez. Cuando reviso esas frases supuestamente persuasivas, me doy cuenta que comparten una esencia: el miedo.

Lanzarse al vacío, temor a equivocarse, expectativas a lo desconocido, etc. Todas las ideas son creadas por la mente y así mismo, creo, deberían ser reemplazadas. No soy quién para convencer a otros a que den ese paso –irse a otro lado, radicarse temporalmente en otra ciudad- pero sí puedo compartir lo que significa para mí vivir en un lugar ajeno al que nací.

La perspectiva cambia, la mirada se vuelve ingenua, más auténtica; la sorpresa ante lo desconocido caracteriza cada día. Cuando lo nuevo se vuelve hábito, existe la opción de cambiar, de nuevo. Cambiar de rutas para llegar a un lugar, cambiar de medio de transporte, cambiar.

El miedo, creo, radica ahí. En esa transformación del orden establecido. Es cierto que el status quo brinda una suerte de seguridad, pero es un confort efímero que, aunque nos resistamos, se acabará alguna vez. Pensar que por esa sensación de no tener todo bajo control la gente deja de vivir estas experiencias.

Caminar por las calles desconocidas sin temor a perderme. Escuchar palabras nuevas, luego preguntar su significado y terminar –inconscientemente- empleándolas en mi vocabulario. Responder a un peatón una dirección que sorprendentemente sé y que no me he dado cuenta cuándo la aprendí. Descubrir detalles en las calles que pasas a diario, en las paredes que miras todos los días desde la ventana del bus. Conocer a personas con historias fascinantes, aprender de ellas, enseñarles cosas también.

Es refrescante y mágico. No es cansado ni aburrido. El hecho en sí, mudarse, es solamente un cambio más. Los prejuicios y demás obstáculos que las personas argumentan para no hacerlo les quitan una oportunidad que, considero, todos deberían vivir alguna vez.

martes, 26 de julio de 2011

El verdadero burócrata

Hoy tuve que ir al Consejo Nacional Electoral para pagar la multa por no haber podido votar -estaba en Lima y cuando me di cuenta que no podía solo ir al Consulado el día de la consulta, sino que debía empadronarme una semana antes era muy tarde, por gil- y debo confesar que no me demoré más de cinco minutos, muy eficiente el servicio, pero esa es otra historia.

Cuando caminaba por el estacionamiento intenté recordar la última vez que visité aquella dependencia pública y saltó a mi mente: año 2008, redactora de El Telégrafo. No recuerdo el mes pero sí de qué iba el reportaje: quería averiguar qué pasaba con el dinero que el CNE -en ese entonces TSE- prometía a los ciudadanos por cumplir su deber y ser miembros de cada Junta Receptora de Voto. Había averiguado que eran 5 dólares los que el TSE te pagaba por las ¿12? horas de trabajo (recuerden que han habido elecciones para elegir a todos los representantes -locales, nacionales- de golpe) entonces me dispuse a investigar cuántos ciudadanos cobraban ese rubro porque yo, que estuve dos veces en mesa, jamás había visto un centavo al final de la jornada entonces supuse que era un pago pos-día de las elecciones.

Entré a una oficina antigua para entrevistar al entonces presidente provincial, un señor con apellido pomposo que sé que algunos recordarán. No tenía referencia alguna de él ya que esos cargos carecen de mayor importancia en la práctica. Su secretaria abrió la puerta, él sentado detrás de su escritorio, frente a su computador, no se inmutó, hasta que ella me presentó y dijo -sin quitar la mirada de la pantalla- que pase, que pase. Me senté y, ya de cerca, noté que su extrema concentración -que por semisegundos admiré porque creí que era un hombre tan entregado a su trabajo que debía terminar de gestionar "algo"- era para elegir qué carta ubicar sobre otra carta. Sí, el hombre estaba jugando solitario en su computadora, no me había estrechado la mano aún, ni siquiera visto a los ojos, pero sí se tomó la osadía de decirme "que lo espere un ratito".

Esperé. Finalmente puso minimizar y se dirigió con el tan común "dígame". Empecé a plantearle mis dudas sobre el destino de ese dinero, sobre cuántas personas venían a cobrarlo, sobre qué pasaba con el dinero que no era cobrado. Parafraseando sus respuestas, que tuve que sacarlas con anzuelo y pinza, me dijo: "Son cinco dólares, no es nada, a la gente le cuesta más el bus de venida hasta acá y de regreso a sus casas, que cinco dólares. Es mínimo, eso no le sirve a nadie. No sé cuántos vienen a cobrar, esos datos deben estar en estadísticas. No sé qué pasa con la plata que no es cobrada pero es muy poca, le aseguro que es muy poca". Por supuesto que entre mi indignación y desentendimiento le rebatí cada una de sus respuestas pero él me miraba por debajo del hombro diciéndome entre líneas que lo deje en paz jugar su juego.

Olvidé mencionar que ya había hablado con estadísticas para averiguar sobre cuántas personas habían cobrado los 5 dólares, pero para variar un poco no tenían el sistema actualizado. También olvidé decir que mientras le hacía las preguntas, él retomó su partida de solitario. Mientras yo parecía loro repitiendo la misma idea de diferentes maneras para obtener al menos un breve testimonio, él -para rematar- estaba echado (desparramado) en estas sillas anchas de oficina, yo podía ver su camisa tensada por su rebosante panza que de cuando en vez rascaba.

Pasaron 15 minutos, no más, y le agradecí (jamás pierdo la cordialidad aunque no sé cómo la mantuve en esta ocasión) y me marché. Llegué al diario tan indignada y mis compañeros solo se reían. Comprendí que esas cosas suelen pasar, que no todas las fuentes te dirán lo que necesitas saber, eso es obvio, pero lo que también presencié muy de cerca, la jornada de un burócrata de verdad.

viernes, 24 de junio de 2011

Gris eterno

Amanece así. Medio día así. De tarde así. El color indeciso invade el cielo de Lima. Inútilmente espero que salga el sol, como cuando amanece nublado en Guayaquil y en algún momento del día un par de rayos cortan en dos las nubes. Acá no. Ha llegado el invierno, me dicen. Es obvio, pienso. Caigo en cuenta que nunca he vivido periodos largos en un lugar con este clima. Así tan gris, porque no solo es el frío o la garúa casi imperceptible, es ese cielo que convierte al invierno en una estación que creo, no quiero que llegue.

"Me gusta Lima de esta forma", me confiesa una amiga de aquí. A mí no, pienso. Prefiero recordarla soleada y calurosa. Quiero quedarme con la idea de una Lima veraniega. Enero, febrero y marzo cuando las nubes no son admitidas en el profundo azul.

Me voy a tiempo de esta ciudad que de ser ajena pasó a ser muy cercana. Me voy con el recuerdo que he decidido elegir y que es contraria a la de los poetas, escritores y músicos que se inspiran en el eterno gris. Yo no. Para mí, Lima es soleada. Lima es linda.

martes, 21 de junio de 2011

Regresar

Qué pena haber dejado tanto tiempo abandonado este espacio. En pocas semanas retomaré el blog y no importa que las situaciones ya hayan pasado, de todas formas hay algunas que no quiero olvidar, que quiero documentar: dos mujeres que abandonaron la quimioterapia porque sentían que las mataba y optaron por tratamiento alternativos. Están vivas y felices. Por otro lado, una visita a la cárcel y la historia de una mujer que durante siete meses acude cinco veces por semana a este indigno sitio donde tratan a las visitas como delincuentes. Eso por el lado de temas. Por el periodismo, también, novedades como siempre, anécdotas, malestares de un ambiente que a veces se llena de aire denso, solo a veces, pero pasa, como todo pasa. Volveré pronto. Como no soy una persona resentida, creo que el blog tampoco debe serlo.

martes, 26 de abril de 2011

Los astros me apoyan

Hoy, 26 de abril, consulté como lo hago usualmente, la página www.astro.com que te da un horóscopo personalizado, no general así "piscis" sino que responde a los datos que ingresas para tu carta astral. Los que no han ingresado y les interese la astrología o explorarla, curiosearla, háganlo. Bueno quise poner este post porque lo que "dice" mi horóscopo diario me encantó y es precisamente como me he sentido últimamente:

En este momento le atraerá cualquier técnica que le ayude a abrir aspectos nuevos del universo.

Una manifestación algo diferente es que se involucre con movimientos de reforma social. Usted ve que el mundo no funciona como debiera y quiere trabajar duro para cambiar las condiciones de vida de los menos afortunados. Aunque sus objetivos son idealistas, no están tan lejos de la realidad. Puede trabajar con una situación tal como es para provocar los cambios que desea. Sus actividades en estos asuntos pueden oscilar entre un enfoque relativamente conservador de trabajo con los pobres, enfermos o discapacitados en los hospitales u otras instituciones, hasta trabajar con grupos con objetivos mucho más revolucionarios.

lunes, 25 de abril de 2011

Arbitraria

Esta columna de la periodista Leila Guerriero es, como todos sus trabajos, espectacular. Inspirémonos, disfrutémosla:



No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado Cómo convertirse en escritora, incluido en su libro Autoayuda: “Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven -digamos, a los catorce“. Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo no, ninguno, nada.

Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.

Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael. Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expóngase a chorros de emoción ajena.

Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.

Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.

Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar “casa”.

Tengan paciencia porque todo está ahí: sólo necesitan la complicidad del tiempo. Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.

Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.

Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.

Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.

Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan.

Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos.

Resístanse al deseo de olvidar.

Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.

Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen.

Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.

Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya: “Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas”.

Vivan en una ciudad enorme.

No se lastimen.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

Leila Guerriero es periodista argentina, ha publicado en diversos medios del extranjero y es autora de Los suicidas del fin del mundo.