lunes, 11 de abril de 2011

Migración, aquí y allá

En Perú, en Ecuador y me imagino que en los demás países vecinos latinoaméricanos, la oficina de Migraciones es el lugar donde:

1. Se escucha hablar cinco idiomas diferentes
2. Ves gente con cara de preocupación
3. Ves buitres más conocidos como tramitadores que intentan ganarse la vida "agilitando" los trámites
4. Algunos permanencen sentados, se levantan dan un par de vueltas y se vuelven a sentar
5. Se entabla más de una amistad producto de la aburrida y larga espera
6. Unos pocos leen y pueden acabar un libro entero esperando su turno
7. El guardia sabe más información que el señor de la ventanilla
8. Los niños corren y dan vueltas alrededor de las filas de sillas
9. Pocos permanecen callados por horas y se entretienen observando fijamente al resto, desnunando a quien pasa
10. Una mujer grita nombres, nombres que todos esperan que sea el suyo
11. Gente revisa todos sus contactos del celular, borra los que no le sirven, agrega nuevos
12. Muchos fingen que hacen algo en el celular pero en realidad solo ven la pantalla, todo para evitar las miradas incómodas
13. Hay peleas y discusiones entre quienes hacen fila y quienes no la respetan
14. Se cruzan miradas. Miradas de complicidad, miradas de desconfianza.
15. Una periodista aprovecha para registrar su entorno.

sábado, 9 de abril de 2011

Un hindú en Lima

Su nombre es Dhananjay Patel pero para no complicarle la vida a los peruanos, pide que todos le llamen Jay. Llegó a Perú hace cinco años persiguiendo a un amor, su actual esposa. Se conocieron en India en 2001, ella -peruana- solía viajar muy a menudo al místico país oriental porque le encanta la cultura y todo lo que la India significa. Allá lo encontró a Jay, se enamoraron, pero ella tuvo que regresar. Los cuentos de hada no siempre aterrizan en el mundo que nosotros consideramos real. Luego de regresar a Lima ella viajó un par de veces para visitarlo hasta que finalmente en el 2006 Jay tomó la decisión: "Me vine a verla, para estar juntos, casarnos, y así fue".

Planeaba invertir en el mercado de la importación y exportación. En India, poseía un restaurante pero en Lima jamás se planteó continuar con ese negocio. Él no decidió, sin embargo, fueron sus conocidos y amigos que de favor en favor fueron encargándole platos de origen hindú porque quería probar la gastronomía de su país. Tal fue la acogida que formó un servicio de catering bajo pedido. "Lo hacía generalmente para grupos de extranjeros que venían a Lima y querían probar algo diferente", explica en su español mocho. Jay hable hindí e inglés, español también pero muy poco; desde que llegó no ha recibido clases porque afirma no tener tiempo suficiente. Elige, sin embargo, que la entrevista sea en español, "porque quiero practicarlo más". Si no es su atropellado castellano, es su fisionomía lo que lo delata como extranjero. Como "buen hindú" como diríamos los ecuatorianos, la piel de Jay es de esa pigmentación indefinida entre el caqui, amarillo y morado. Sus cejas parecen delineadas artificialmente y sus ojeras están ahí aún cuando ha dormido las horas suficientes.

En vista del éxito del catering a domicilio, decidió dar un salto más allá. En febrero del año pasado inauguró Mantra, el primer restaurante de comida hindú en Lima. El ambiente es un híbrido entre la decoración oriental y occidental. Él lo admite y dice que quiere pintar las paredes una naranja y otra roja, con un toque más hindú, pero su esposa se niega pues conoce al público peruano y afirma que no les gustará. Es por eso que a lo largo y ancho del local se puede encontrar figuras de Shiva, Shakti, Ganesh y en sus paredes están colgados un par de Batiks.

La música ambiental no es de la India propiamente dicha pero también alusiva a melodías orientales. La carta también revela esta fusión entre sus raíces y las de su esposa. El menú cuenta con opciones para carnívoros y vegetarianos. Jay ha sido vegetariano toda su vida por eso incluye una amplia variedad de platos para elegir. "Pongo cosas con carne porque los peruanos no pueden vivir sin la carne, me dicen qué horror estás loco, cómo no puedes comer carne", cuenta mientras su tosca expresión se suaviza con una agradable risa. Con o sin carne la característica presente en todos los platos, son los condimentos. Jay confiesa que entre 20 y 30 condimentos son condimentados en cada uno. El curry y cardamomo no faltan casi nunca; ambas son especias típicas de la India. La segunda, unan semilla cafecita con un dejo mentolado, es un ingrediente que no solo está en la comida salada sino es el toque especial de un exquisito helado con almendras y avellanas y, también, el secreto del Mantra Sour: un coctel que su apariencia es de pisco sour, pero su pisco ha sido macerado con esta particular semilla.

Otra novedad en el menú es el Lassie. Una bebida a base de yogurt, agua y alguna fruta. Esta vez fue mango. Al observar el flaco y largo vaso decorado con una cereza, creí que era un refresco o coctel que se lo tomaba solo, es decir sin la comida acompañándolo. Me equivoqué. Aunque es un poco dulce y no tan aguada, es la compañía de cualquier plato para los hindúes. La beben porque afirman que los ayuda a la digestión. "Mira, ese señor que acaba de llegar que es hindú, antes de elegir su plato principal, pidió lassies uno para su esposa e hijos". En efecto, el cliente bebió este brebaje antes y durante su almuerzo.

El hindí invade el menú. Todos los platos tienen un nombre en este idioma y junto a él, la traducción en español. El korma es lo que más piden, cuenta, ya sea de pollo, cordero o vegetales. La carta también tiene mariscos. Todas las carnes bien condimentadas. Mientras conversamos la familia hindú interrumpe, ya se va y quiere agradecerle a Jay por todo "estuvo riquísimo, como en nuestro país, realmente exquisito". El chef y dueño del local parece sonrojarse por dentro porque sus cachetes no delatan ningún signo de vergüenza, su sonrisa a medio hacer, en cambio, sí lo hace.

Todos las semanas Mantra recibe a clientes hindúes. Ya sea a través de Internet o de la Embajada de India en Lima, pero llegan. Y salen, salen fascinados porque encuentran en un país a más de 15 horas del suyo, comida exactamente igual a la que tanto extrañan.

Jay es un tipo sencillo que revela que el éxito de su restaurante no le quita el sueño. Al menos su ambición no la revela en su discurso. Confiesa que no creyó que el lugar tenga tanta acogida pero por supuesto le alegra que haya sido así. Es muy amable con sus clientes y empleados. Al bar tender lo deja experimentar con los tragos, ha sido él quien inventó el Mantra Sour y otros cocteles más. La armonía que Jay emana se siente también en su local. Creo yo que eso sucede cuando uno hace las cosas con dedicación sin esperar tanto a cambio, con pocas expectativas pero mucha entrega. Ese es Jay y así es su vida en Liam.

martes, 5 de abril de 2011

Gente que habla mucho pero hace poco

El periodismo político en Ecuador y Perú está concebido como un periodismo de declaraciones. Los periodistas persiguen a los presidentes, ministros, congresistas para escuchar y luego reproducir "lo que dijo". Creo que en vez de perder el tiempo repitiendo el discurso oficial de todos ellos, deberían de fiscalizar su trabajo, investigar si realmente está haciendo lo que dice. Así es como se descubren las buenas historias, no llenando páginas con resultados de encuestas y especulaciones de expertos que hablan porque es su trabajo pero que en el fondo saben que la política en estos dos países latinoamericanos es igual de impredecible que una mujer con la regla.

Vivir para servir



Christiane Ramseyer es la suiza a quien entrevisté hace dos meses, es una mujer demasiado adorable que tiene una fundación desde hace 30 años que ayuda a niños, madres y padres de familia de escasos recursos. Aquí su historia para los que quieran saber más:

Vivir para servir

Responsabilidad

Es un término un poco aburrido. Al menos yo lo relaciono con alguna etapa de la infancia en la que la palabra estaba acompañada de alguna actividad que no disfrutaba, como hacer deberes.

Ahora mi percepción frente a la palabra ha cambiado rotundamente, de hecho creo que es un aspecto que debería estar tan interiorizado que no debería existir toda esta corriente, muy de moda por cierto, llamada responsabilidad social. Digo que no debería existir porque es algo más que obvio, para mí; pero he notado que no es un compromiso que todas las personas asumen. Hasta ahora no he diferenciado entre profesiones porque creo que todas deben caracterizarse por ser responsables. Pero creo que el tema del periodismo es aún peor.

Confieso que al momento de decidirme por el periodismo jamás me imaginé en lo que me metía. Me gustaba la idea de ser ese puente entre los necesitados y los poderes, pero nunca consideré que yo también me podría convertir en un poder ni que el ejercicio de este oficio sería tan complejo. En esa complejidad entra el tema del ser responsable, nosotros los periodistas no estamos trabajando para nosotros mismos (el que lo hace debería reconsiderar su profesión) sino para el resto. Entonces, manejamos datos, información que va a afectar a los demás. Si no somos responsables con su manejo, ¿entonces qué?

Me aterra pensar que un gran porcentaje de periodistas no han profundizado en este tema no porque no lo sepan sino porque no les interesa o lo subestiman o peor aún les agrada la idea de tener el poder en sus manos. Creo que es necesario ser conscientes como periodistas todo lo que recae en nuestras manos al momento de escribir. Cada dato, cada detalle debe ser lo más apegado a la realidad, acordémonos que eso que escribimos no es para nosotros (este blog sí, tal vez sea egoísta) sino para un público mucho mayor. Gran parte del público confía en nosotros con los ojos cerrados; sé que cada vez menos pero aún existen los que no dudan de los medios. Lo que quisiera es que si esa duda surge y las personas tenga que confirmar cualquier información, esta sea lo más apegada a lo que se ha publicado.

¿Por qué escribo?

Me hice esa pregunta y de hecho la contesté en papel, en una de esas páginas de un cuaderno que ahora llevo siempre para anotar las ideas que surgen en los momentos menos inesperados. Miré atrás y recordé la razón principal por la que elegí la profesión. La razón que he repetido hasta el cansancio en este blog pero que aún así siempre me gusta recordarla para reafirmar que estoy en el camino que quiero y disfruto. Estoy ejerciendo el periodismo porque creo firmemente que es una herramienta que me permite llegar a las personas que más lo necesitan y una vez que llego,poder ser un puente entre ellas y el poder (de la naturaleza que sea). Ejercí ese tipo de periodismo casi un año, y lo amé. Pero ahora es distinto, desde esa experiencia ya no he podido cubrir ese tipo de temas. Los medios por lo general no los incluyen en las agendas, prefieren dedicar espacio a publicaciones más superfluas o sobre cualquier tema que venda.

Entonces cuando me hice esa pregunta y vi que hoy, y desde algún tiempo atrás, no escribo para ayudar -por decirlo de una forma- a los demás, me repregunté entonces porqué lo hago. La respuesta o las respuestas surgieron cuando recordé los últimos temas que he escrito en el último año; entre esos elegí los que más me habían gustado reportear y escribir entonces coincidió en que gran parte eran perfiles, entrevistas o historias de vida. De alguna manera hablaban de otra persona que, según mi criterio, son valiosas. Descubrí entonces que esa es otra de mis motivaciones en el periodismo: mostrar, resaltar, rescatar aquellas historias de quienes han llevado o llevan una vida al servicio de los demás. Claro, eso sí, en el proceso descubrí que no disfruto entrevistar a un empresario o alguien cuya motivación en la vida sea egoísta. No quiero generalizar ni decir que los hombres de negocios son todos egoístas pero en el fondo para mí quien dedique su vida a hacer una actividad que le guste pero que con el dinero que gana se lucre y "nada más", lo es.

Quiero recalcar que cuando digo una persona que dedica un servicio a los demás no me refiero únicamente a ayuda social si no que hay una serie de actividades que realiza el ser humano en las que transmite toda su pasión por lo que hace, y la comparte. Eso me parece, también, demasiado valioso.

Un sencillo ejemplo es un chico que conocí hace un par de días. Es un cuentacuentos. Tiene 35 años y hace 7 se dio cuenta que le apasionaba el tema de la narración oral. Sé que debería aprovechar este espacio para escribir una crónica sobre él y lo que viví, pero afortunadamente cuando propuse el tema en el diario lo aceptaron entonces pronto se publicará, ojalá me acuerde de postearlo. Este chico me contó cómo descubrió que a través de contar cuentos podía ayudar a los demás, que era terapéutico y podía aplicarse a públicos desde niños pequeños hasta viejitos.

Entre las anécdotas que me contó hubo una que me marcó más. Hace un par de años una ONG lo contrató para que trabaje con un pueblo de Chincha luego de que una zona del Perú había sido afectado por un terremoto. Él asistió durante un año todos los domingos. Brindó un taller a un grupo de niños y entre las actividades les pidió que escriban un cuento, una historia, la que ellos quieran, y un niño escribió algo así:

"Había una vez una rosa que estaba en el medio del desierto y se moría de sed. No había agua alrededor ni cómo conseguirla. Un buen día vio pasar a una nube y le pidió de la mejor manera que por favor llueva sobre ella, que tenía muchísima sed. La nube le respondió que ahora no que estaba ocupada y llegaba tarde a una reunión de nubes. Y se fue. Pasaron un par de horas y la nube recapacitó y regresó a darle agua a la rosa. Cuando regresó, la rosa estaba muerta".

José Antonio, el cuentacuentos, me comentó que el niño escribió esa historia inspirándose en su experiencia: había pasado ya más de una vez que cuando llegaban los camiones de ayuda con donaciones, los niños salían corriendo de sus casas con la expectativa, pero los camiones no paraban sino que seguían recto. Eso, de alguna manera, traumó al chiquillo que pudo, meses después desahogarse sobre su experiencia, a través de un cuento, gracias al chico que llegó hasta ahí y compartió momentos que permitieron que el niño confíe en él y comparta esa experiencia.

De esas historias de vida hablo, creo que podría escribirlas toda la vida. Creo que en cada esquina las hay pero también creo que el público al que le interesa conocerlas no es tan grande. Ojalá crezca, sino tendré que seguir escribiendo para mí y bueno para el que caiga en estas líneas.

Perdida

He dejado pasar demasiado tiempo desde mi último post. El tiempo siempre es la excusa y sigo creyendo que es una pésima excusa. De hecho he tenido tiempo libre sí pero también he escrito un diario con más detalles de los que puedo publicar acá. De todas formas sentí la necesidad de escribir un par de palabras en este espacio que es mío porque me oso en llenarlo con palabras a veces sin sentido, pero que también es de todos los que llegan por alguna razón extraña.