martes, 5 de abril de 2011

Gente que habla mucho pero hace poco

El periodismo político en Ecuador y Perú está concebido como un periodismo de declaraciones. Los periodistas persiguen a los presidentes, ministros, congresistas para escuchar y luego reproducir "lo que dijo". Creo que en vez de perder el tiempo repitiendo el discurso oficial de todos ellos, deberían de fiscalizar su trabajo, investigar si realmente está haciendo lo que dice. Así es como se descubren las buenas historias, no llenando páginas con resultados de encuestas y especulaciones de expertos que hablan porque es su trabajo pero que en el fondo saben que la política en estos dos países latinoamericanos es igual de impredecible que una mujer con la regla.

Vivir para servir



Christiane Ramseyer es la suiza a quien entrevisté hace dos meses, es una mujer demasiado adorable que tiene una fundación desde hace 30 años que ayuda a niños, madres y padres de familia de escasos recursos. Aquí su historia para los que quieran saber más:

Vivir para servir

Responsabilidad

Es un término un poco aburrido. Al menos yo lo relaciono con alguna etapa de la infancia en la que la palabra estaba acompañada de alguna actividad que no disfrutaba, como hacer deberes.

Ahora mi percepción frente a la palabra ha cambiado rotundamente, de hecho creo que es un aspecto que debería estar tan interiorizado que no debería existir toda esta corriente, muy de moda por cierto, llamada responsabilidad social. Digo que no debería existir porque es algo más que obvio, para mí; pero he notado que no es un compromiso que todas las personas asumen. Hasta ahora no he diferenciado entre profesiones porque creo que todas deben caracterizarse por ser responsables. Pero creo que el tema del periodismo es aún peor.

Confieso que al momento de decidirme por el periodismo jamás me imaginé en lo que me metía. Me gustaba la idea de ser ese puente entre los necesitados y los poderes, pero nunca consideré que yo también me podría convertir en un poder ni que el ejercicio de este oficio sería tan complejo. En esa complejidad entra el tema del ser responsable, nosotros los periodistas no estamos trabajando para nosotros mismos (el que lo hace debería reconsiderar su profesión) sino para el resto. Entonces, manejamos datos, información que va a afectar a los demás. Si no somos responsables con su manejo, ¿entonces qué?

Me aterra pensar que un gran porcentaje de periodistas no han profundizado en este tema no porque no lo sepan sino porque no les interesa o lo subestiman o peor aún les agrada la idea de tener el poder en sus manos. Creo que es necesario ser conscientes como periodistas todo lo que recae en nuestras manos al momento de escribir. Cada dato, cada detalle debe ser lo más apegado a la realidad, acordémonos que eso que escribimos no es para nosotros (este blog sí, tal vez sea egoísta) sino para un público mucho mayor. Gran parte del público confía en nosotros con los ojos cerrados; sé que cada vez menos pero aún existen los que no dudan de los medios. Lo que quisiera es que si esa duda surge y las personas tenga que confirmar cualquier información, esta sea lo más apegada a lo que se ha publicado.

¿Por qué escribo?

Me hice esa pregunta y de hecho la contesté en papel, en una de esas páginas de un cuaderno que ahora llevo siempre para anotar las ideas que surgen en los momentos menos inesperados. Miré atrás y recordé la razón principal por la que elegí la profesión. La razón que he repetido hasta el cansancio en este blog pero que aún así siempre me gusta recordarla para reafirmar que estoy en el camino que quiero y disfruto. Estoy ejerciendo el periodismo porque creo firmemente que es una herramienta que me permite llegar a las personas que más lo necesitan y una vez que llego,poder ser un puente entre ellas y el poder (de la naturaleza que sea). Ejercí ese tipo de periodismo casi un año, y lo amé. Pero ahora es distinto, desde esa experiencia ya no he podido cubrir ese tipo de temas. Los medios por lo general no los incluyen en las agendas, prefieren dedicar espacio a publicaciones más superfluas o sobre cualquier tema que venda.

Entonces cuando me hice esa pregunta y vi que hoy, y desde algún tiempo atrás, no escribo para ayudar -por decirlo de una forma- a los demás, me repregunté entonces porqué lo hago. La respuesta o las respuestas surgieron cuando recordé los últimos temas que he escrito en el último año; entre esos elegí los que más me habían gustado reportear y escribir entonces coincidió en que gran parte eran perfiles, entrevistas o historias de vida. De alguna manera hablaban de otra persona que, según mi criterio, son valiosas. Descubrí entonces que esa es otra de mis motivaciones en el periodismo: mostrar, resaltar, rescatar aquellas historias de quienes han llevado o llevan una vida al servicio de los demás. Claro, eso sí, en el proceso descubrí que no disfruto entrevistar a un empresario o alguien cuya motivación en la vida sea egoísta. No quiero generalizar ni decir que los hombres de negocios son todos egoístas pero en el fondo para mí quien dedique su vida a hacer una actividad que le guste pero que con el dinero que gana se lucre y "nada más", lo es.

Quiero recalcar que cuando digo una persona que dedica un servicio a los demás no me refiero únicamente a ayuda social si no que hay una serie de actividades que realiza el ser humano en las que transmite toda su pasión por lo que hace, y la comparte. Eso me parece, también, demasiado valioso.

Un sencillo ejemplo es un chico que conocí hace un par de días. Es un cuentacuentos. Tiene 35 años y hace 7 se dio cuenta que le apasionaba el tema de la narración oral. Sé que debería aprovechar este espacio para escribir una crónica sobre él y lo que viví, pero afortunadamente cuando propuse el tema en el diario lo aceptaron entonces pronto se publicará, ojalá me acuerde de postearlo. Este chico me contó cómo descubrió que a través de contar cuentos podía ayudar a los demás, que era terapéutico y podía aplicarse a públicos desde niños pequeños hasta viejitos.

Entre las anécdotas que me contó hubo una que me marcó más. Hace un par de años una ONG lo contrató para que trabaje con un pueblo de Chincha luego de que una zona del Perú había sido afectado por un terremoto. Él asistió durante un año todos los domingos. Brindó un taller a un grupo de niños y entre las actividades les pidió que escriban un cuento, una historia, la que ellos quieran, y un niño escribió algo así:

"Había una vez una rosa que estaba en el medio del desierto y se moría de sed. No había agua alrededor ni cómo conseguirla. Un buen día vio pasar a una nube y le pidió de la mejor manera que por favor llueva sobre ella, que tenía muchísima sed. La nube le respondió que ahora no que estaba ocupada y llegaba tarde a una reunión de nubes. Y se fue. Pasaron un par de horas y la nube recapacitó y regresó a darle agua a la rosa. Cuando regresó, la rosa estaba muerta".

José Antonio, el cuentacuentos, me comentó que el niño escribió esa historia inspirándose en su experiencia: había pasado ya más de una vez que cuando llegaban los camiones de ayuda con donaciones, los niños salían corriendo de sus casas con la expectativa, pero los camiones no paraban sino que seguían recto. Eso, de alguna manera, traumó al chiquillo que pudo, meses después desahogarse sobre su experiencia, a través de un cuento, gracias al chico que llegó hasta ahí y compartió momentos que permitieron que el niño confíe en él y comparta esa experiencia.

De esas historias de vida hablo, creo que podría escribirlas toda la vida. Creo que en cada esquina las hay pero también creo que el público al que le interesa conocerlas no es tan grande. Ojalá crezca, sino tendré que seguir escribiendo para mí y bueno para el que caiga en estas líneas.

Perdida

He dejado pasar demasiado tiempo desde mi último post. El tiempo siempre es la excusa y sigo creyendo que es una pésima excusa. De hecho he tenido tiempo libre sí pero también he escrito un diario con más detalles de los que puedo publicar acá. De todas formas sentí la necesidad de escribir un par de palabras en este espacio que es mío porque me oso en llenarlo con palabras a veces sin sentido, pero que también es de todos los que llegan por alguna razón extraña.

martes, 22 de febrero de 2011

Sospechosa

Entré a un centro comercial, Plaza San Miguel, semi al aire libre, los locales obviamente cerrados y acondicionados pero los balcones de los corredores sin techo (no soy arquitecta, difícil de explicar). Con mi libreta y pluma en mano empecé a anotar una serie de datos que necesitaba para un tema, mera observación, no pregunté nada ni interrumpí a alguien. Vi una tienda que tenía un nombre graciosa y como buena chola turista guayaquileña saqué mi cámara de bolsillo y tomé la foto; no terminaba de disparar la toma y un guardia -de los miles que había cerca- se me acerca y pregunta el motivo de la foto. Digo que es "para mí" mientras pensaba qué mierda le importa. Me explicó que por seguridad y políticas del centro comercial, debía pedir autorización, que si quería él me tomaba una foto, que eso sí estaba permitido. Fui comprensiva, guardé mi cámara y continué mi recorrido con la libreta. Fue interceptada, de nuevo, por otro guardia: Disculpe, ¿como para qué es eso que está escribiendo? tuve que decir la verdad aunque sentí que seguía siendo una invasión a mi privacidad, expliqué que era periodista y estaba ahí para hacer una observación, el tipo me respondió algo como: "si me imaginé, YA ME DIJERON que usted estaba anotando cosas por eso le estoy avisando que debe hablar con administración para hacerlo". Me reí y sin perder la paciencia, muy amable, le expliqué de lo que iba el tema y que no había quitado la tranquilidad de ninguna potencial consumidora, le agradecí y le dije que guardaría la libreta...no lo hice por orgullosa sino que no tenía mucho tiempo para ir hasta administración, pedir el permiso y las diligencias respectivas. Me pasé el resto del recorrido registrando mentalmente lo que observaba, no quedó de otra. De todas formas, a partir de mi diálogo con uno de los guardias, sentí -no me imaginé, fue cierto- que los guardias me miraban, esperando llamarme la atención de nuevo. Tragicómico.

Bella


Cuando quisieras que el trayecto de regreso a casa sea más largo, ruegas que los semáforos estén en verde y los carros pasen, pides que las veredas estén vacías...es cuando realmente estás metida en el libro que lees. Me pasó hoy. El recorrido en el Metropolitano duró como de costumbre, alrededor de 20 minutos. Tuve suerte de subirme 10 minutos antes de que el servicio se acabe (9:50pm) y encima encontré un asiento libre (muy raro a esa hora porque como es víspera de fin de servicio, se sube todo el mundo). Me senté y me sumergí en el mundo paralelo de la novela que estaba leyendo. No puedo decir que casi se me pasa la parada de mi casa porque como estoy en otra ciudad, sigo siendo extranjera con miedo a perderme a las 10 de la noche en un sitio cuasi desconocido, iba medio pendiente a partir de dos estaciones antes. Pero cuando me bajé, no me importó mucho la noche, ni la gente, ni la cartera que llevaba en el hombro y la funda en el codo...el libro iba sostenido por mis dos manos y mi mirada depositada en él. Caminé las (cerca de ) 10 cuadras hasta mi casa sin percatarme qué pasaba a mi alrededor, por suerte las calles son seguras y jamás sentí miedo al robo o inseguridad, mi miedo era tropezarme pero por alguna extraña razón el libro valió más la pena que el tropiezo.

La romántica escena me recordó a la Bella y la Bestia, cuando al comienzo, la protagonista camina por su pueblo con el libro en mano y no se inmuta de lo que pasa a su alrededor. Fui Bella por hoy.